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Los humanos, como entidad biológica de carbono, son criaturas sumamente interesantes. Tienen una particularidad que los hace especiales sobre muchas otras razas y, contrariamente a lo que debería ser, con frecuencia rechazan ese don divino. Ese don, son las emociones o llamándolo de otra manera, la capacidad de sentir.

Dice la RAE sobre el sentir: Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas.

Sentir o no Sentir

Cuando desconocemos el poder de las emociones, un primer acto reflejo, aunque inmaduro e infantil, suele ser la supresión de los sentimientos. La secuencia lógica es, si algo me hace sufrir y no puedo eliminar su causa externa, entonces la suprimo de forma interna.

No sentir, no tener emociones, se convierte así en una forma de vida, en una mutilación voluntaria de un órgano tan necesario como el estómago para digerir o el pulmón para respirar.

Las causas que llevan a esa extirpación voluntaria o, en el mejor de los casos a una insensibilización anestésica del sentir, pueden ser variables y dependen del individuo en cuestión pero, en numerosas ocasiones, ocurre el fenómeno que podemos llamar: vergüenza de sentir.

Nos da vergüenza llorar, reir, comunicar lo que sentimos y, frecuentemente, lleva asociado a otro de los jinetes del apocalipsis: el miedo. Miedo al que dirán, miedo a hablar, miedo a expresarse, miedo a actuar de una determinada manera, miedo a reconocer en nosotros mismos esos sentimientos y, en definitiva, miedo al miedo mismo. Este tipo de desequilibrios nos lleva a la locura, en sus múltiples y diversas manifestaciones clínicas muy habituales en nuestra sociedad.

Lo más efectivo suele ser el comprender que hay que abrazar ese sentir, entender nuestros sentimientos, nuestras emociones y permitir su paso a través de nosotros consiguiendo observarlas como un tercer observador, con el desapego suficiente para poder analizarlas sin que así, nuestro ego, intervenga en su procesamiento.

Esta tarea no es tan sencilla como pudiese parecer. Exige honestidad y respeto hacia uno mismo y admitir nuestros sentimientos, tanto los buenos como los malos, las luces y las sombras de nuestro interior. Esa aceptación es la que a su vez, nos servirá para usar como energía necesaria en nuestro particular crisol de la vida que llevamos marcado de forma individual en nuestro ADN:

En nosotros mismos.