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Cuando alguien se acerca a otra persona en busca de ayuda, cuyo significado según la RAE es prestar cooperaciónrealiza un acto de fraternidad, de apoyo en el hermano, de cooperación mutua. Esa ayuda va asociada previamente, al esfuerzo e intento personal del individuo que la solicita, es decir, antes de solicitar dicha ayuda, hay un prerequisito previo de concienciación y esfuerzo personal inherente a dicha petición. En resumidas cuentas y, siendo muy abstractos, podríamos representarla con la siguiente figura:

ayuda-esfuerzo

Si dicho ciclo es similar a ese patrón anterior, entonces pedir ayuda en cualquiera de sus estados es un acto que nos da poder, nos da reconocimiento de nuestros límites, donde una vez aceptados y siendo imposible por nosotros mismos superarlos, buscamos la cooperación de nuestros iguales, una mano amiga que nos de el pequeño empujón que necesitamos en ese momento pero, en ningún caso, cedemos un ápice de nuestra energía, sino todo lo contrario, aprendemos de alguien que coopera con nosotros en la resolución de un problema ofreciéndonos un punto de vista diferente de la misma situación que, por nosotros mismos, no hubiésemos sabido ver. Es por tanto, prestar cooperación, ser mejores y sentirnos acompañados en un tramo de nuestro camino vital.

Pero ¿qué ocurre con cierta frecuencia? La persona que solicita ayuda la espera de forma automática y sistemática. Convertimos por tanto dicho acto altruista de cooperación natural entre dos iguales, en un acto de sumisión y dependencia. La transformamos en un círculo de carencia, de falta y renuncia de nuestro poder y de su reforzamiento mediante la actitud de víctima.

La víctima ha cedido su poder personal, su energía vital, en aras de una supuesta carencia que suele partir de una actitud mental mucho antes que de un plano material. El "no puedo" se convierte en una forma de vida y por tanto, la necesidad permanente de ayuda queda plenamente justificada en la psique de la víctima.

ayuda-victima

Le llamo la secuencia del victimista. El victimista no pide ayuda desde su propio poder personal, sino que asume que no lo tiene, traslada esa carencia a los demás y además los culpabiliza por "no ayudar", por no ofrecer dicha ayuda de forma reiterada y sistemática.

Lo importante del asunto es la tremenda y angustiosa sensación de vacío que transmite esa persona y su necesidad permanente de la energía que le puedan aportar terceros. Se convierte de forma inconsciente en una especie de vampiro energético que además refuerza su actitud con la colaboración bienintencionada de los demás.

Considero una ayuda sana, aquella en la que la mano siempre está tendida y se ofrece allí dónde se requiera de forma desinteresada. Cuando esa ayuda no sirve para esa función, sino para reforzar el patrón de comportamiento asociado, tanto de víctima como de buen samaritano, contribuimos de forma inconsciente al menosprecio del victimista, reforzamos su recurrencia en una actitud de carencia y le restamos poder, pues el mensaje que le llega a su subconsciente es "Sin ti no soy naday, a quien la ofrece, le sirve para de forma retorcida, convertirse en una especie de buen samaritano con aires de superioridad, transmitiendo el mensaje de "Sin mi no eres nada". Finalmente esa nada siempre recae en el mismo lado débil de la balanza anclando y minusvalorando a la persona solicitante de dicha ayuda.

Reconozcamos el poder de los demás y fomentemos su poder personal intransferible, así como el nuestro, con nuestros pensamientos, palabras y obras. Al hacer esto, aplicamos de forma totalmente consciente la consideración hacia el prójimo en su máxima expresión y potencialidad, devolviendo el poder a quién siempre lo tuvo desde el inicio, uno mismo.