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El bueno, el feo y el malo

El bueno, el feo y el malo es una película del famoso género espagueti-western del año 1966 y que nos presenta a tres personajes con unas características bien definidas:

  • El bueno: Es el pistolero con principios, tibio y centrado que sólo desenfunda si es absolutamente necesario.

  • El feo: Nos presenta a un personaje sucio, desaliñado, andrajoso si bien no carente de cierta bondad, pero astuto y pillo y a la vez falto de cierta moralidad, salvo aquella que le beneficia de forma egoísta.

  • El malo: Es el personaje sin moral, de perfil psicópata, carente de todo tipo de empatía hacia el prójimo y a quién no sólo no le preocupa lo más mínimo el dolor ajeno, sino que contribuye con sus acciones a su sufrimiento sin el menor atisbo de piedad ni remordimiento.

Estos tres personajes me servirán en cierta medida para ilustrar el oscilamiento metafórico del péndulo que rige nuestra vida de forma silenciosa y que baila libremente a merced de las emociones que nos dominan, arrastrándonos en numerosas ocasiones a terribles tormentas internas de alto coste energético. Si imaginamos dicho péndulo y sus estados asociados a nuestros tres protagonistas podemos situarlos de la forma siguiente:

El péndulo de Foucault

  • En un extremo del balanceo está el malo, alimentado por un determinado tipo de energía de baja vibración, que se resume en el miedo y todas sus variantes.

  • En el otro extremo está el feo, que aunque menos malo, no deja de necesitar también cierto tipo de energía de otra índole que, en este caso, vincularé a todo lo opuesto y, haciendo una matización en el personaje cinematográfico, lo asociaremos con el bien y todas sus variantes, incluyendo las corrientes nueva-eiristas dónde todo es correcto y la resignación ante un hecho y su aceptación es lo habitual.

  • Por último, en el punto intermedio, en el punto de equilibrio del péndulo o punto de quietud, hallamos al bueno que equilibra ambos opuestos. Como hemos mencionado, representa al tibio, al que mantiene la frialdad en todas las situaciones y corrige y balancea de forma consciente las citadas energías, permitiendo además al individuo, un aprovechamiento de gran calidad y máxima optimización energética.

En la vida es frecuente en numerosos seres humanos lo que llamo el: efecto sismógrafo magnitud 8, dónde la aguja marca unas oscilaciones furibundas lejos del punto de quietud, del centro o del punto cero emocional. El desgaste energético ocasionado es enorme y el sujeto se ve zarandeado de babor a estribor, cual timonel de un barco que navega en medio de la tormenta perfecta y del que apenas es capaz de mantener el rumbo. Este balanceo constante y esa excesiva generación de energética no es gratuita ni queda sin consecuencias.

Sismógrafo

En primer lugar consume nuestra propia energía vital cual pila de la matrix y permitimos que fluya a lugares dónde no nos es útil en absoluto. Además, recuperar esa energía no es trivial e implica de nuevo un consumo energético en sentido opuesto para, de nuevo, intentar equilibrar la balanza aunque se haga de forma inconsciente. El Kybalión expresa perfectamente este punto con el principio de ritmo: "Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación".

En segundo lugar, recuerden además otros dos principios que suelen ir enlazados, uno de ellos es el afamado principio de conservación de la energía que afirma que "ni se crea ni se destruye, sólo se transforma" dónde la calidad obtenida de esa energía, no afecta sólo a nuestros sentimientos y emociones, sino que alimenta a otros universos, tomando forma. No existe ningún pensamiento fútil. Todo pensamiento toma forma en algún nivel. Recuerden que todo tiene consecuencias como bien explica el Kybalión en su principio de causa y efecto: "Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo a la ley; la suerte o azar no es más que el nombre que se le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de casualidad, pero nada escapa a la Ley".

Sean por tanto conscientes de qué energía generan en cada momento de su existencia y dominen a sus luces y a sus sombras. Abrácenlas y compréndanlas para así poder transmutarlas en la energía que usted necesita, convirtiéndose en el timonel de su propio barco, ajeno a las oscilaciones del péndulo entre el feo y el malo, para acabar transformándose a usted mismo en el bueno y aquello que usted está destinado a Ser.

Un trabajo que, por cierto, sólo a usted le corresponde.