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The music inside

En chamanismo se habla de "canción de poder" a aquella que nos lleva de nuevo a nuestro Ser, que nos hace vibrar y saca todo lo que llevamos dentro de forma personal e intransferible. Es la música propia de cada Ser y que cuando se consigue escuchar, la alegría llena otra vez nuestro corazón y vuelve a iluminar nuestro camino a través del viaje de la vida, que no es más que una octava corta perteneciente a la gran octava larga que forma el Universo. Esa música que a veces es tan difícil de recordar y que cuando escuchamos de nuevo en el momento más inesperado, reconocemos como propia, ilusionándonos una vez mas y llenándonos de una gozosa plenitud, cual quasar pulsante de luz vibrante, irradiando allí dónde enfoca su mirada, confianza, certeza y una inmensa alegría una vez la volvemos a sentir como propia, como nuestra música interna y eterna.

Dicen que una vez, un cansado viajero, empacaba sus escasas pertenencias en una vieja maleta de cuero raída por el uso. Salió de su hogar sin mirar atrás y le recibió una fría ventisca de agua nieve bajo un cielo nublado y oscuro. El viajero ajustó lo mejor que pudo su abrigo y colocó la bufanda de tal forma que el viento helado no le entrase en los pulmones dirigiendo sus pasos a la estación de ferrocarril.

Subió al primer tren que pasaba y se sentó en una ventana apoyando su cabeza en el cristal, apático e indiferente a todo lo que le rodeaba y a lo que dejaba atrás. Pasadas unas horas llegaba a su destino y una vez fuera de la desangelada estación, dirigió sus pasos calle abajo en busca del hostal más cercano dónde pasar la noche. Intentó encender un cigarrillo pero el viento cortante se lo arrebató de la comisura de los labios apagándolo inmediatamente al tocar la nieve que cubría la calle. Resignado, el viajero continúo su rumbo hacia el hostal que ya se veía al final de la calle.

Una vez allí y asomándose a la gran cristalera exterior del bar pudo escuchar la música de un triste piano al que nadie parecía prestar la menor atención, dados los gritos y voces de los asistentes ajenos a su melodía.

Cruzó la puerta y en recepción pidió una habitación. Tuvo suerte. Había una adecuada a sus necesidades. Entonces el viajero, hasta entonces mustio y apagado, le preguntó al recepcionista:

-¿Le importa si me uno a la música del bar? - La pregunta que él mismo había formulado le produjo sorpresa pues no recordaba saber tocar ningún instrumento y menos todavía llevar alguno encima.

-Por supuesto - Le respondió el recepcionista.

Entonces y de nuevo sorprendido, abrió la desgastada maleta y de la misma sacó un violín reluciente y de brillante madera junto con su correspondiente arco. Salió fuera del local y se situó en la acera enfrente del bar. Dubitativo y sin saber muy bien qué hacer, el viajero pasó el arco por las cuerdas una sola vez y surgieron una notas reverberantes que lo envolvieron por unos segundos. Se hizo el silencio en el local y la expectación pareció apoderarse de la gente que hasta ese momento ignoraba todo a su alrededor. La pregunta que flotaba en el aire parecía ser ¿y ahora qué sigue?

El viajero miró a su alrededor y vio a su lado a una niña de no más de 14 años, con las manos apretadas y los ojos brillantes de emoción, expectante y en tensión. Respiró hondo y cerró los ojos dejándose llevar y, esta vez sí, pasó el arco suavemente por las cuerdas y la melodía que comenzó a surgir del violín comenzó a transimitir una penetrante reverberación en todo aquello que tocaba con sus notas, así como una alegría pausada y profunda llena de acordes largos y penetrantes.

El improvisado violinista pareció animarse y comenzó a balancearse al sonido de la misteriosa música que emergía de su violín. Una música que se construía nota a nota sin la intervención del instrumentista, desconocedor por completo de cual sería la siguiente nota a tocar, mas que no necesitaba saber, sabía que sólo tenía que sentirla y dejarse llevar mientras sus manos trazaban movimientos precisos para obtener aquella deliciosa y fascinante melodía. Mientras tanto, la muchacha bailaba a su alrededor llena de alegría estableciendo círculos imaginarios cuál inquieto electrón danzante rodeando a un calmado y estático protón.

Así estuvo unos largos minutos hasta que finalizó la melodía. Cuando abrió de nuevo los ojos, la muchacha le miraba feliz y radiante. La gente del local estaba ahora en silencio y asomada a la vidriera observando asombrada al violinista que levantaba su vista hacia el horizonte dónde un rayo de sol rasgaba las nubes y le iluminaba un rostro sonriente, lleno de luz, paz y armonía.

Y yo le pregunto a usted querido lector: ¿Cuál es la melodía que se esconde en su interior?

L.A.P.