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Alumno, maestro y viceversa

Frecuentemente se menciona a un maestro como a alguien que atesora más conocimientos que el alumno que tendrá a su vez menos. El maestro desde su autoproclamado altar, transmite de forma unidireccional y sin posibilidad de réplica sus conocimientos pero ¿qué entendemos por conocimiento?

En numerosas ocasiones se limitan a un conjunto de datos que mecánicamente el alumno incorpora mediante la repetición a su memoria para después de pasada la pertinente evaluación olvidarlo como si de un mal sueño se tratase.

Esta forma de mal llamada enseñanza, perdura todavía en nuestros días causando no pocos quebraderos de cabeza y horas inútiles desperdiciadas salvo en lavar el cerebro del desprevenido pupilo y hacerle creer que aquello que repite como un loro, son conocimientos que lo hacen mejor que otro.

Otro problema fundamental es confundir datos con conocimiento y, éste a su vez, con sabiduría. Sólo sé que no sé nada y al saber que no sé nada, algo sé; porque sé que no sé nada, decía Sócrates sabiamente en la antigua Grecia. Estamos de nuevo ante otra frase repetida hasta la saciedad y por muy pocos entendida, llegando a olvidar su verdadero significado: Reconocer la propia ignorancia de todo lo que nos rodea y, a partir de esa humildad, trabajar con uno mismo y los demás como si estuviésemos ante una hoja en blanco sedienta de tinta.

Llegados a este punto es cuando nos damos cuenta de que el profesor que más sabe, no es aquel que atesora más títulos académicos llenos de pompa y ego, sino aquel que con lo que sabe, con las herramientas de que dispone y que fueron adquiridas durante años de experiencia, consigue sacar al alumno de su estado apático y reconducirlo a un nuevo sendero de autodescubrimiento que formará parte del verdadero aprendizaje.

El profesor por tanto, plantea retos, zarandea al alumno, le provoca, lo saca de su zona de confort, pero no desde una actitud de confrontación profesor-alumno, sino alumno-alumno haciendo de espejo donde el pupilo pueda ver su reflejo y auto-observarse sin ningún tipo de velo. El objetivo perseguido de nuevo es descubrir las cualidades en bruto  que atesora en su interior sin siquiera saberlo y pulirlas hasta convertirlas en un hermoso diamante.

De esta forma el alumno, emprende una etapa distinta en su formación y despierta habilidades generalmente aletargadas como pueden ser la curiosidad, el discernimiento, el pensamiento crítico y la formación de un criterio propio personal e intransferible entre muchas otras dependiendo además de las particularidades individuales de cada persona. Esas cualidades siempre han estado ahí, esa sabiduría interior no es nueva, no es algo a aprender, es algo a que uno mismo redescubra y acepte como parte fundamental de la vida, donde el maestro se limita a sacarlas de nuevo a la luz.

Pero no acaba ahí todo. El maestro, también atraviesa su transformación particular en cada encuentro y así, el alumno pasa a su vez a convertirse en profesor y le muestra a su tutor una nueva imagen de sí mismo que hasta ese momento no había quizás descubierto. ¿Qué es lo que no ha sabido explicar? ¿Qué le ha molestado del alumno? ¿Por qué le incordian las divagaciones aparentemente sin sentido? Etc.

De esta manera, el proceso de aprendizaje se transforma en algo cíclico que va de profesor a alumno y viceversa haciendo que la distinción entre uno y el otro se convierta en numerosas ocasiones prácticamente imposible y aceptamos la realidad de que todos estamos aprendiendo algo en cada momento y en cada interacción de nuestra vida.

Al final la pregunta que surge en mi mente es inevitable:

¿Quién es realmente el alumno y quién el maestro?

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El puzle de lo real

¿Han tenido alguna vez la sensación de que algo no encaja? ¿De que lo están viendo no es cómo debería ser?

La realidad tal y cómo ustedes la ven no se compone de hechos irrefutables y objetivos tal y cómo se lo han hecho creer. Ustedes ven la realidad a través de diferentes filtros. Estos filtros son además de su ADN particular, todas aquellas creencias y formas de pensar adquiridas durante años de aprendizaje, a través de sus padres, familia, amigos, escuela, trabajo y cualquier otro tipo de entorno en el que se desenvuelvan.

Llegado a una determinada época de su vida, el buscador que busca respuestas aún sin ser consciente de ello, se topa frecuentemente con un reto u obstáculo lo suficientemente grande para que haga que se replantee en un abrir y cerrar de ojos toda su vida hasta ese mismo instante. Un accidente grave, una ruptura sentimental, fallecimiento de un ser querido, una enfermedad, etc. Sea cual fuere la causa que el sujeto perciba externamente, la sacudida emocional interna es muy similar en todos los casos y todos los cimientos sobre los que había basado su existencia se comienzan a tambalear y poner en entredicho.

puzleLlegados a este punto se impone un cambio en la estructura mental del individuo, para ser capaz de lidiar con su nuevo entorno, con su nueva realidad. Cambiar o morir, reza el dicho popular. Ese cambio, esa transmutación mental, produce en el individuo una ampliación en sus puntos de vista, una lección que debe aprender, una nueva experiencia que debe integrar en su universo particular.

Sea como fuere el resultado final de dicha transformación, acaba por desencadenar el efecto inicial de expansión en los límites o esfera de consciencia de tal forma que, lo que antes el sujeto no creía asumible, ahora puede abarcarlo con total normalidad y por un breve instante se produce el primer destello que ilumina lo sucedido y le hace ser capaz de hacerse dueño y señor de la ocurrido. El individuo se hace cargo de la nueva realidad y actúa en consecuencia.

Ahora bien, si esta ampliación de su esfera de consciencia no se mantiene en el tiempo un período lo suficientemente amplio, el sujeto volverá de nuevo a su situación original y su consciencia se encogerá de nuevo al instante anterior al evento que se haya desencadenado en su vida.

En ese caso, el individuo deducirá que ha tenido buena o mala suerte y achacará a la vida lo acontecido, como si la vida fuese un ente autónomo que decidiese sobre su destino y nunca incorporará nada de dicha experiencia.

Por el contrario, si el individuo se hace plenamente consciente de lo ocurrido, acabará integrando esa experiencia como un tesoro que le habrá permitido trascender uno de sus límites y su esfera de consciencia y la realidad que le rodea ya nunca volverá a ser la misma. Su universo particular de existencia habrá cambiado para siempre porque los ojos que lo miran y los filtros internos que interpretan la realidad que conocía, ya no son los mismos.

Desde ese momento el humano dejará de buscar culpables en los demás, en la vida y sus circunstancias para darse cuenta que cada suceso que le acontece es una nueva oportunidad de transformarse en algo mejor y al igual que el alquimista buscaba la transmutación del plomo en oro, habrá conseguido convertir a la vida en su aliado, en el crisol donde a partir de ese momento forjará su existencia.

La tan usada y mal interpretada frase de: Conócete a ti mismo, en lugar de ser una frase que se repite mecánicamente y carente de contenido, se convierte en una herramienta más de expansión y autodescubrimiento en la búsqueda particular de cada individuo.

Nadie dijo que el viaje fuese fácil.

¿Y usted? ¿Ha completado alguna pieza más de su puzle particular de existencia?

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