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Por José L. Zamora

martires chicago

EE.UU. En noviembre de 1884 se celebró en Chicago el IV Congreso de la Federación Americana del Trabajo, en la que se propuso que a partir del 1º de mayo de 1886 se obligaría a los patronos a respetar la jornada de 8 horas y, sino, se iría a la huelga. Las terribles condiciones laborales habían hecho surgir las primeras organizaciones sindicales, como la de los Caballeros del Trabajo, en cuya conducción se contaban muchos anarquistas y socialistas provenientes de Europa. Los sindicalistas reclamaban humanizar el trabajo obrero y mejorar la situación de las mujeres y los niños empleados en las fábricas.

En 1886 se habían lanzado decididamente a lograr la jornada máxima de ocho horas como la conquista principal. El corazón del movimiento comenzaba a tomar ribetes de gigante y estaba en Chicago, donde se logró un apoyo masivo que como consecuencia significó la paralización de dicha ciudad. Sobre el final de aquél día, llegaron las fuerzas del "orden" cargando contra los manifestantes, reprimiendo brutalmente a trabajadores, mujeres niños y ancianos, con un saldo de seis muertos y heridos. Por ese motivo, la siguiente asamblea fue realizada al día siguiente organizada por Spies más varios dirigentes sindicales, en protesta por la brutal represión, en un lugar abierto, la Plaza Haymarket.

La reunión había transcurrido sin ningún incidente y en el momento en que se encontraba hablando el último orador, Sam Fieldmen, se presentó un destacamento de 200 policías fuertemente armados ordenando a los presentes dispersarse. De pronto,explotó una bomba y la policía transformó Haymarket en zona de tiro a mansalva. Cientos de huelguistas fueron heridos, varios acribillados, y la sangre tiñó las calles de Chicago. Nadie sabe quien arrojó la bomba pero rápidamente se utilizó este acontecimiento para desatar una cacería de brujas en contra de los dirigentes de la federación, en especial aquellos identificados como anarquistas, “los tirabombas”.

Se clausuraron los periódicos y se destruyeron sus imprentas, allí se editaban los periódicos obreros, se allanaron las casas, locales obreros, y se prohibieron las asambleas y reuniones políticas. Los periódicos señalaron con el dedo acusador a los dirigentes anarquistas, pidiendo para ellos cárcel y horca, nuevamente.

El juicio se inició el 21 de junio de 1886, ante el juez Joseph E. Gary. Dicho proceso fue vergonzosamente manipulado, se los acusó de complicidad de asesinato, aunque nunca se pudo probar relación alguna con el incidente de la bomba, entre otras cosas porque la mayoría de ellos no habían estado presentes en el lugar de los hechos, mientras uno de los dos que sí se encontraba era ni más ni más ni menos que el orador.

El jurado estaba formado por hombres de negocios y un pariente de uno de los policías muertos. El fiscal, sin más, y sin pruebas, aclaró que se acusó a los prisioneros porque fueron los líderes de la jornada, que quien había arrojado la bomba lo hizo fuertemente influenciado por las palabras e ideas de los acusados, solicitando un castigo ejemplar que permitiera salvar las instituciones en peligro.

El nueve de octubre se dictó la sentencia de muerte para Albert Parsons, August Spies, Adolph Fischer y Georg Engel, morir en la horca. Louis Linng, se habría “suicidado” antes en su propia celda. A Michael Swabb y Samuel Fielden, les fue conmutada la pena por cadena perpetua; a Oscar Neebe, lo condenaron a 15 años de trabajos forzados.

El 11 de noviembre de 1887, los cuatro anarquistas condenados a muerte subían al cadalso. Luego, más de medio millón de personas asistieron al cortejo fúnebre.

Irónicamente, pasado más de un siglo, esas conquistas obreras son revertidas por gobiernos y multinacionales sin disparar un solo tiro, y sin tener que llevar al cadalso a nadie para su ahorcamiento. Ahora, todo es más sutil, los sindicatos están a disposición del mejor postor, traicionando los mandatos y olvidando las luchas y el sacrificio personal de quienes, desde el aciago 1886, se les conoce como “los mártires de Chicago”.