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Benito "El filigranas". Capítulo IV: Te has ganado un pin

 escalada

Ese día tuve una pesadilla un tanto desagradable. Soñaba que en medio de una fuerte ventisca, ascendía una pedregosa colina portando a mis espaldas, cuál humilde Sísifo, un pesado fardo. A medida que escalaba la ladera, la carga que portaba aumentaba tanto de peso como de volumen, de tal forma que muy a mi pesar, me asemejaba más a un lento y trabajoso caracol que a un atlético alpinista mientras mis dedos se aferraban desesperadamente cuál garras a la superficie helada obligándome a no mirar atrás por temor a desfallecer y caer al vacío que quedaba tras de mi.

Llegado a un determinado punto de la dura ascensión, tropiezo y caigo de bruces desfallecido sobre la nieve, tragándola y casi asfixiándome con la misma. Furioso y agotado me puse de rodillas mientras gritaba desesperado: "¡No puedo más!" y unos segundos después el sonido del eco de mi voz me respondía mordaz pareciendo burlarse en su respuesta de mi desdicha: "¡No puede más!, ¡No puede más! ¡No puede más!".

Súbitamente se escuchó un inquietante crujido en la montaña y se abalanzó sobre mi una furibunda avalancha de nieve que me arrastró al vacío mientras gritaba impotente. En ese mismo instante me desperté sobresaltado todavía jadeando de la impresión.

Decidí salir a tomar el aire y así, paso a paso por el camino que se internaba en el campo, me encontré casi sin proponérmelo enfrente a la casa de Benito.

Justo cuando mi dedo iba a pulsar el timbre, se abrió la puerta de par en par y allí apareció Benito en el umbral. Nada más verme profirió un profundo y largo alarido que por poco me mata de un infarto. Pegué un traspiés y poco faltó para que cayese sobre unos espinos justo al lado de la entrada a la casa.

-¡¿Pero qué coño haces?! -grité indignado- ¡¿Te has vuelto loco?!

-!Já! ¿Quién está más loco? ¿El loco o el loco que sigue al loco? -dijo dándome una vigorosa palmada en el hombro que por poco acaba con la poca entereza que me quedaba.

-¿Pero se puede saber a qué ha venido eso? -dije recuperando la compostura poco a poco.

-Pues no lo sé. Te he visto y me ha parecido entre lógico y divertido pegarte un grito para ver como reaccionabas y como estaba tu equilibrio, aunque ya veo que no está muy fino. Por cierto -dijo cambiando de tema- ¿sabes que tenía la premonición de que ibas a aparecer hoy por mi casa? Venga, pasa. No te quedes ahí parado como una estatua de sal.

Poco después nos encontrábamos cómodamente sentados en dos sillas de mimbre mientras Benito observaba entre divertido y serio la extraña escena que tenía ante mi. Bajo las ramas de un frondoso roble y puesto en pie sobre un cubo metálico, se encontraba un chico de unos 16 años con los brazos en cruz y los ojos completamente vendados con un pañuelo de pirata que le daba a la escena un toque si cabe más estrambótico. A sus pies un cronómetro marcaba ritmicamente el paso del tiempo mientras a su alrededor todas las figuras permanecían impasibles.

Por un momento y mientras sorbía mi taza de café, sólo escuchaba el tic-tac pendulante del reloj, el sonido de los pájaros y la respiración acompasada del muchacho que pareció sincronizarse con la mía.

Benito pareció percibirlo dedicándome una mirada de reojo al tiempo que cogía un guijarro del suelo y sin dudarlo ni un segundo lo tiró al cubo metálico dónde se apoyaba la silenciosa estatua humana. Se escuchó un fuerte sonido metálico pero el chico no se inmutó ni pareció mover ni un solo músculo.

-¿Por qué le tiras una piedra? ¿No ves que está concentrado? -dije en voz baja.

-Pues por eso mismo. Quiero ver si se distrae y pierde la concentración. Venga, tírale una piedrecilla también. Seguro que te lo agradecerá.

-¿Que me lo agradecerá?

-Si hombre. Es su prueba. Necesita mejorar su autocontrol y capacidad de concentración ajeno a todo ruido interno y externo. Tiene que acostumbrarse a mantener el equilibrio en medio de toda tormenta. Venga hombre, no seas tímido y tírale algo que no te va a morder.

Aún dubitativo ante este extravagante método de enseñanza de autocontrol, cogí un pequeño guijarro y lo tiré sin mucha convicción acertando en el cubo metálico. El chico permaneció impasible y completamente quieto. Benito pareció sentirse satisfecho tanto por mi acción como por la reacción del muchacho.

brazos cruz

Todavía perplejo comencé a relatarle mi sueño de esa noche dónde le expresaba la sensación de angustia y pesadez que me había invadido. Mientras continuaba mi relato, comencé a revivir de nuevo la desesperación de mi pesadilla nocturna al mismo tiempo que me comenzaba a inundar cierta paz y tranquilidad procedente de la escena que tenía ante mi.

Dos sensaciones duales y contrapuestas en el mismo espacio-tiempo. En ese instante me sentí muy extraño, como si mi cuerpo no me perteneciese y tan sólo se hubiese convertido en un localizador de sensaciones ajenas que intentaba recolectar y procesar. Paré el relato y me quedé en silencio unos segundos, tiempo más que suficiente para que Benito se percatase y me tocase levemente con la punta del pie en mi pierna.

 -Interesante, ¿verdad?

-¿A qué te refieres?

 -Si hombre, a esos sentimientos encontrados que has percibido.

-¿Cómo lo sabes?

-Saber no es la palabra. Sencillamente entre el sueño, tus miradas furtivas al chaval en su extraña pose y tu silencio deduje tu estado emocional aunque pretendas ocultarlo -dijo Benito-. Sea como fuere no tiene mayor importancia. Lo que sí es relevante es qué sientes tu y qué vas a hacer al respecto con eso.

En ese instante sonó el cronómetro despertador y el muchacho pareció volver a la vida. Sacándose la venda de sus ojos y bajando del cubo de un salto se dirigió alegre y sonriente hacia Benito.

-¡Lo he conseguido! ¡Una hora de pie y con la mente silenciada! -Dijo exultante- Sólo escuchando los sonidos a mi alrededor y manteniéndome en paz y equilibrio. ¿Qué te ha parecido?

-Pues nada especial -dijo Benito fingiendo indiferencia-. ¿Qué quieres? ¿Que te de un pin?

El chico le miró no demasiado sorprendido pero intrigado. Benito se levantó de un salto y poniéndole una mano en el hombro le dijo:

-Esto no es un campeonato. Es algo que tu quieres corregir así que de ahora en adelante recuérdalo y aplícalo en tu vida diaria antes de dejarte llevar mitad por tus hormonas mitad por tu inconsciencia. ¿Está claro chico?

-Cristalino como el agua profe.

-¡Qué profe ni qué niño muerto! ¡Anda! ¡Largo de aquí! -Dijo mientras le daba un fuerte abrazo antes de despedirse.

-¿Por qué lo alejas de ti emocionalmente? -Le pregunté inquisitivo una vez que el chico se había ido.

-Porque no quiero pupilos, ni admiradores, ni seguidores de ningún tipo. Además algún día podría tener que ser más incisivo de lo habitual sin miedo a perder nada. Ni quiero, ni necesito ese tipo de apegos a quienes me vienen a buscar.

-Me gusta como piensas. Seguro que no eres muy popular en el pueblo -dije con ironía.

-¡Brindemos por ello! -Dijo Benito mientras sacaba dos cervezas de una pequeña nevera portátil a sus pies.

-Por cierto -continuó Benito- tu sueño está muy claro, así que no me hagas gastar saliva explicándotelo -dijo guiñándome un ojo.

-Tienes razón. Déjame adivinar: "si hubieses seguido adelante habrías alcanzado un nuevo nivel" y que lo aplique a mi vida. ¿Verdad genio?

-No sé. Es tu problema -dijo riéndose de nuevo mientras chocaba su botella contra la mía.

-"Saaaa-Luzzzz" -dijo Benito enfatizando la pronunciación en la última sílaba.

 -Pues que así sea. ¡Mucha Luz! -dije sonriente mientras reflexionaba sobre los sueños, la dualidad y el mundo que habitamos en general.

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Benito "El filigranas". Capítulo III: Pan duro

Había quedado con Benito en los acantilados que daban al arenal muy cerca de su casa. Me había citado allí para darme algo, si bien no me explicó qué. No entendí gran cosa de lo que pretendía ni qué me quería ofrecer, pero ya me había habituado a no hacerme demasiadas preguntas cuando quedaba con él. La pedalada que me metí con la bici hasta llegar al lugar de la cita valió la pena aunque la falta de práctica y un estado físico claramente mejorable me hizo llegar casi echando los hígados por la boca.

Al llegar al lugar y a la hora indicados, vi a Ganímedes -la moto de Benito- aparcada cerca de un sendero que bajaba a la playa desde lo alto del acantilado. Cómo no le vi por los alrededores, decidí bajar a los arenales en su busca. Mi sorpresa fue mayúscula cuando cuando por fin lo encontré.

Estaba parado sobre una roca azotada suavemente por el mar, mientras mantenía un equilibrio casi perfecto apoyado exclusivamente sobre una de sus piernas, flexionando la otra y extendiendo los brazos en cruz, lo que le confería una estabilidad perfecta. Pude observar que en una mano sostenía una bolsa y en la otra, sobre la palma extendida, una roca. Verlo en esa posición, concentrado y en silencio, con el único sonido de fondo que producía el mar estrellándose en la arena, transmitía una armonía comparable a la de cualquier monasterio budista.

Así estuve un buen rato, observando a Benito sin que se percatase. De repente una gaviota lo sobrevoló y decidió posarse sobre su cabeza con suavidad. La estampa era perfecta para un premio Pulitzer y rápidamente saqué una foto para la posteridad. Siguió en esa pose un par de minutos más cual maestro Miyagi en Karate Kid. Cruzó por mi mente la famosa frase de "poner cera, quitar cera" y no pude evitar reírme al asociarlo. En ese instante, la gaviota levantó el vuelo y Benito saltó grácilmente sobre la arena, saludándome con la cabeza mientras arrojaba con fuerza al mar la piedra que hasta unos minutos antes sostenía.

-¡Hola! ¡Por fin has llegado! -dijo mirándome con falsa reprobación.

-Más vale tarde que nunca, aunque conste que he llegado a la hora estipulada -repliqué

-Es cierto -contestó-. Me apetecía llegar antes y relajarme un poco lejos del mundanal ruido.

-¿Haces estos numeritos a lo Kung Fu muy a menudo? -le pregunté irónicamente.

-¿Eso? -dijo ignorando mi ironía- No muchas veces, pero hoy sentí la necesidad de practicar el principio de equilibrio de forma física. Además, esta bolsa se prestaba a ello. Por cierto, aquí la tienes. Es tu regalo -dijo con mirada de niño travieso mientras me la ofrecía.

La cogí con interés e ilusión que bruscamente se transformaron en estupefacción y decepción.

-¿Pan duro? ¿Me has hecho venir hasta aquí para darme una bolsa llena de pan duro? ¿En serio?

-¡Ah! ¡Las expectativas del ego y sus construcciones mentales! -dijo riéndose- ¿Qué esperabas? ¿Un reloj de oro? -dijo mirándome con curiosidad.

-No sé qué esperaba la verdad. Pero esto no. Te lo aseguro -dije todavía incrédulo.

-Todo tiene un por qué y un para qué -dijo riéndose- aunque sea a modo de metáfora.

-¿La metáfora del pan duro? ¿Me estás tomando el pelo? -pregunté todavía indignado.

-Sí a la primera pregunta y no a la segunda. Por cierto me gusta el nombre: la metáfora del pan duro. ¿Te lo explico?

-Adelante, pero más vale que la historia sea buena -dije mientras cogía un trozo de pan de la bolsa y hacía ademán de arrojarlo al mar.

-¡Espera! -me detuvo- Primero escucha mi historia y después decides qué hacer con el pan. ¿Trato hecho?

-Está bien. Trato hecho -dije mientras le dedicaba una mirada escéptica.

-¡Estupendo! -Dijo batiendo las palmas de las manos mientras me invitaba a seguirle lo suficientemente cerca del mar para mojar los pies descalzos.

-Había una vez una señora que estaba concentrada cocinando un estofado mientras su marido preparaba cuidadosamente una jugosa ensalada. En cuanto la hubo aliñado, cogió un trozo de pan y se dispuso a cortarlo en una tabla sobre la mesa -dijo mientras recogía con curiosidad unas conchas que había dejado entre sus pies el mar.

-Cuando el hombre ya estaba a punto de cortar el pan -continuó la historia- súbitamente la mujer se lo arrebató del filo de sierra del cuchillo y, sin más miramientos, lo tiró directamente al cubo de la basura que, al menos era de orgánico -dijo sonriente mientras hacía rebotar graciosamente la concha sobre el mar.

-El marido sorprendido le preguntó a su mujer: "¡¿Pero qué haces?!" y ella le contestó sin pestañear: "¿No ves que no sirve? Ese pan ya está duro y tenemos otro bollo fresco aquí. Ese ya no sirve." "¿Pero cómo que no sirve? ¿No ves que valía perfectamente para hacer tostadas?" contestó el marido. "¡No vale! ¡Ya no sirve! Corta del fresco. El otro no lo quiero." Así que el marido, todavía incrédulo, sacó de la bolsa el pan del día mientras que con mirada resignada lo comenzó a cortar en rodajas sobre la tabla sin decir ni una palabra más -Benito guardó silencio un instante mientras me miraba con seriedad-. ¡Y fin de la historia! ¿Qué te ha parecido?

-¿Que qué me ha parecido? ¿Me estás tomando el pelo? Esto ni es una historia ni mucho menos ninguna metáfora, es una absurdo sin pies ni cabeza -dije cada vez más indignado y preguntándome qué estaba haciendo paseando por la playa en compañía de un chiflado que me había regalado pan duro y contaba relatos ridículos.

-¡Ah! ¡Otra vez las expectativas! -dijo mofándose de nuevo- No te has molestado en rellenar los huecos de la historia perezoso. ¡Siempre esperando a que los demás te lo den todo hecho! Está bien, ya lo hago yo -dijo mientras, todavía sonriente, me dedicaba una mirada de cierta reprobación.

Le miré entonces con cara de pocos amigos mientras le daba la oportunidad de enmendar lo que consideraba un auténtico sinsentido.

-Verás, lo que falta por completar en esta historia es preguntarse qué ha motivado a la mujer a actuar así. A usar y tirar -dijo.

-¿Usar y tirar? No te sigo -respondí.

-Verás, ella utiliza todo aquello que cree que le es útil, y observa que remarco la palabra "cree", mientras se deshace del resto porque, de nuevo, "cree" que ya no le sirve -dijo mirándome cada vez más serio-. Esa forma de actuar con un pequeño pedazo de pan es lo que determinaba su vida y su forma de actuar con todo lo que la rodeaba.

-Entiendo -dije interesado-. Algo así cómo una especie de utilitarismo pragmático.

-¿Pragmático o egoísta? ¿Es lógico tirar un trozo de pan cuando todavía es útil para alguien incluso para ti mismo aunque no lo sepas apreciar? Y aplicado a las relaciones humanas, ¿es pragmático o egoísta deshacerse de aquellos que ya no necesitas? Piénsalo un segundo -dijo mientras saltaba para esquivar una ola más grande de lo normal.

-Quizás podríamos llamar a esa actitud utilitarismo social -sugerí.

-¡Buen nombre! -dijo Benito dándome una palmada en el hombro- Pues eso exactamente es lo que muchas veces hacemos en nuestra vida diaria a partir de nuestras creencias y patrones de comportamiento. Es decir, de nuestros propios paradigmas y arquetipos, a través de los cuales interactuamos con la realidad que tenemos ante nuestras narices, alejando de nosotros aquello que consideramos inútil, ya sean personas o cosas. ¿Y qué consecuencias acarrea eso si no se modifica? -dijo Benito fingiendo que le preguntaba al mar.

-Ilumíname con tu sabiduría -dije entre irónico y expectante.

-Pues no es ninguna broma -me amonestó con amabilidad-. Al final, el que así actúa acaba solo, ya que a nadie le gusta convertirse en un objeto de usar y tirar y más temprano que tarde acaban por alejarse. Finalmente, esa gente sólo puede construir relaciones de compra-venta en lugar de basar su vida en relaciones sólidas de confianza y comprensión. Ese egoísmo que antes mencionaba les lleva a ello, compro tu tiempo, compro tu esfuerzo y, por último, compro hasta tus sentimientos. Y así finalmente todo se reduce a una cáscara vacía, a una transacción hueca y fría que conduce a la más absoluta soledad -dijo mirándome-. Una vida basada en el miedo a perder algo sólo me produce una inmensa sensación de tristeza. Una vida plena que se ha truncado. Piensa en ello -dijo mientras miraba al mar pensativo.

Caminé meditabundo a su lado mientras Benito se dedicaba a saltar olas cómo un niño pequeño jugando con el mar por primera vez. Nunca dejaba de sorprenderme su jovialidad y alegría infantil. No cruzó por mi mente ninguna reflexión digna de mención, salvo el sentir por un momento en mis adentros esa tremenda sensación de vacío, imaginándome una vida gris y carente de sentido que me produjo una gran desazón. Miré a Benito de nuevo y, viéndole saltar las olas, ese sentimiento desapareció cómo por arte de magia. ¿O tal vez Benito conseguía transmitir con sus actos magia a su alrededor? ¿Lo hacía conscientemente? Esa reflexión cruzó mi mente más rápida que el tiempo que duran unas golosinas a la salida de un colegio, al tiempo que Benito me daba una fuerte palmada en la espalda que me sacó de mis tribulaciones.

-¡Venga chico! -dijo-. Deja de pensar tanto, que el humo que sale de tu cabeza parece de una central térmica y eso contamina. Regresemos a casa que nos espera un trecho de vuelta y todavía tengo que alimentar a mis animalitos.

Subimos de nuevo a los acantilados, justo dónde había dejado mi bici y Benito, a Ganímedes. Arrancó y me miró una vez más antes de irse:

-Dime una cosa, ¿qué vas a hacer con esa bolsa de pan duro? -preguntó.

Miré a la bolsa y a Benito alternativamente.

-Creo que hoy cenaré pan tostado con mantequilla y mermelada -contesté.

Me miró de nuevo con ojos luminosos y dándome una nueva palmada en mi maltrecho hombro, que casi me desequilibra, aceleró su moto sin decir ni pío, dejándome con la palabra en la boca. Así que, aplicándome el famoso dicho de "si no vas a mejorar el silencio, mejor no digas nada", cogí mi bici, colgué la bolsa de pan duro del manillar y una vez más no pude evitar esbozar una sonrisa con la narración de Benito.

"Un pan duro bien aprovechado, sí señor" me dije mientras volvía silbando a casa más ligero que cómo había venido y pensando en qué me depararía mi próximo encuentro con Benito y sus absurdas historias.

Benito "El filigranas". Capítulo I: ¿Café o té?

En un lugar del planeta cuyo nombre he preferido olvidar, apareció un buen día cual extraterrestre despistado de viaje por la galaxia, Benito.

Benito no conducía un futurista platillo volante sino una destartalada moto rodante, cuyos mecanismos tenían más similitudes con el hombre prehistórico que con un humano procedente del futuro. Al fin y al cabo y siendo honestos, tampoco hemos evolucionado tanto, pasamos de las ruedas de los picapiedra al caucho y del fuego de las hogueras, a la explosión controlada de los motores de combustión.

El bueno de Benito se cruzó conmigo una brumosa tarde digna del Londres más húmedo en un paso de peatones, dónde "Ganímedes" -así llamaba a su desvencijada moto cómo supe después- apenas pudo frenar sin llevarme por delante y no por la velocidad de la chatarra rodante, sino por el dudoso sistema mecánico de freno, más digno de cualquier carro de vacas que de un sistema de transporte mecanizado.

Después del frenazo que hizo chirriar el caucho sobre el asfalto, la rueda delantera de la moto se detuvo justo entre mis piernas amenazando por unos centímetros partes de mi organismo a las que tengo gran aprecio.

-¡Perdona tío! Lo siento. No te había visto en medio de la niebla. ¿Estás bien? -Dijo bajando de la moto para interesarse por mi integridad física.
-Sí. Estoy bien pero por muy poco. Unos centímetros más y me llevas por delante. ¡Hay que tener cuidado los días de niebla! -Le contesté todavía con el corazón latiendo a cien por hora de la impresión.
-Lo siento. De verdad. Me alegro mucho de que todo se haya quedado en un susto -dijo con cara seria-. ¿Seguro que estás bien?
-Si. Gracias. Estoy bien. Tranquilo -le dije mientras me calmaba poco a poco.

Me miró un buen rato con cierta inquietud y signos de culpabilidad en sus ojos.

-Oye, déjame invitarte a tomar algo a modo de compensación. Es lo mínimo que puedo hacer. ¿Qué me dices? -Me preguntó.
-Vale, de acuerdo -le contesté después de unos segundos de titubeo pero convencido por su cara de preocupación.
-¡Estupendo! ¿Y qué va a ser un café o un té? -Preguntó.
-Preferiría un chocolate caliente -dije tras valorar ambas alternativas.
-¡Ah! ¡Qué buena respuesta! -Dijo esta vez riendo como un niño- Pues no se hable más.

Después de aparcar su oxidada moto, entramos en una cafetería cercana. Los clientes del interior miraron con curiosidad a mi acompañante nada más pisar la entrada. Se ve que sus botas desgastadas por abajo, junto con la gorra estilo partisano por arriba y un viejo vaquero raído junto con un zurrón de cuero de múltiples colores colgando de una chaqueta estilo militar por el medio, no eran comunes en el lugar en gente de cuarenta y pico años.

-¿Sabes? -dijo una vez sentados- Me ha gustado tu respuesta. Por cierto mi nombre es Benito.
-El mío Jaime -respondí contestando a su fugaz presentación cómo si no le diese mayor importancia a los nombres- ¿A qué respuesta te refieres?
-Si hombre. A mi pregunta de si querías café o té.
-¿Por qué? ¿Qué más da? -Le pregunté con cierta curiosidad por una pregunta tan absurda.
-Pues si que da. Casi todo el mundo escoge sobre lo que otros le ofrecen. ¿Café o té? ¿Coche o moto? ¿Derecha o izquierda? Pero pocos van más allá y hacen sus propias propuestas.
-Tampoco es para tanto. Es tan sólo una cuestión de gustos. Sencillamente me apetecía otra cosa.
-La mayoría hubiese respondido de forma automática entre una de esas dos opciones y ni si quiera se le hubiese pasado por la cabeza la tercera. ¿Cuántas veces nos limitamos a nosotros mismos siendo tan perezosos que preferimos todo digerido y fácil sin necesidad de pensar? ¡Que inventen ellos! Cómo decía Unamuno -dijo carcajeándose.
-La verdad es que tampoco me planteaba que un chocolate diese para semejante disertación. Es sólo cuestión de elección -dije sonriendo.
-El día en que nos demos cuenta en que lo más importante son precisamente esas pequeñas elecciones diarias que sin saber muy bien cómo van dibujando el camino que seguimos, entonces y sólo entonces comprenderemos la multitud de opciones que siempre hemos tenido a nuestra disposición. ¿El fin justifica los medios o el camino justifica ese fin? ¿Blanco o negro? Pero ¿dónde están el resto de opciones? ¡Amigo trabaja un poquito y desengrasa ese cerebro oxidado y búscalas tú mismo! ¡Vago! -dijo mientras se acababa de un trago el café y se deshacía en una sonora carcajada.
-Bueno. Ha sido un placer charlar contigo -continuó- pero me tengo que ir. Tengo responsabilidades que atender -dijo mirándome con aparente seriedad que no concordaba en absoluto con el tono de su voz.
-Venga. Te acompaño -dije mientras ambos nos levantábamos y nos dirigíamos a la salida en busca de la moto.

Se sentó sobre Ganímedes e intentó arrancarla pero ésta se negó en redondo a encender. Sin muchos miramientos bajó de la moto maldiciendo de todas las formas posibles y le propinó dos puntapiés cerca del carburador.

-¿Pero se puede saber qué haces? ¡Que te la vas a cargar! -Le reprendí entre sorprendido y alarmado.
-¡Qué va! Ganímedes y yo nos entendemos muy bien. Soy muy consciente de que esta energía en esta máquina me será devuelta de una u otra forma y de momento me divierto con el intercambio -dijo mientras me miraba sonriente cómo un niño y me daba una palmada en la espalda- ¡Le da salsa a la vida chico!

Le miré perplejo mientras al tercer intento la moto finalmente encendía. Aceleró una vez más y justo antes de irse lanzó una pregunta al aire:

-¿Café o té? ¡Pero si era una trampa! ¿No ves que las dos tienen cafeína? ¡El sutil encanto del burgués atontado! -Y se fue dejando atrás el sonido característico de su risa alegre y sonora.

Me quedé mirando cómo se alejaba y un tanto sorprendido por este extraño encuentro sin sospechar siquiera que estaba al inicio de una extraña y duradera amistad.

 

Benito "El filigranas". Capítulo II: Divide y triunfarás

-Divide y triunfarás -me comentaba Benito en su cabaña rodeado de los árboles y verduras que cultivaba en su propio huerto-. Si es que es muy sencillo tío.

-Tampoco es así -le repliqué-. La gente sabe cuando le están tomando el pelo.

-¿Eso crees? ¡Ni de coña! ¡Ni siquiera tu mismo lo sabes! -Dijo agitándose en su asiento de mimbre- La técnica es tan sencilla que hasta un tonto podría llevarla a la práctica.

-Ilústreme usted señor profesor -le contesté no sin cierta ironía mientras le daba un sorbo al té matcha que Benito me había preparado.

-Verás -continuó ignorando mi tono irónico-. Lo primero que necesitas detectar es algo emocional, básico, primario y del que tengas la certeza de que al manipularlo, se desactivará toda parte racional del mal aprovechado y peor usado cerebro humano.

-Hombre, tampoco me puedes decir que lo emocional es lo más manipulable -le contesté-. Parece que estás dejando entrever que las emociones son negativas.

-¡Qué va tío! -dijo riéndose-. Hay que distinguir entre los centros emocionales de control, aquellos que son más primarios o inferiores y aquellos que son más sublimes o superiores.

-Define -dije animándole a seguir la explicación.

-Sin entrar mucho en detalle sólo te diré que aquellos más primitivos, son los que suelen responder a instintos más primarios, cómo hambre, peligro, pertenencia a tribu e incluso algunos tocan otros menos detectables a simple vista,  cómo podrían ser: la sensiblería barata, el pseudoamor de hollywood y chorradas similares -dijo mientras movía una mano sobre su cabeza con cierto desdén-. Los más elevados o superiores son todos aquellos que nos permiten crecer y evolucionar como humanos tanto con nosotros mismos cómo para con los demás. El Amor, la compasión, la empatía, la comprensión y todos aquellos que signifiquen algo que se aleje de las tonterías típicamente televisivas.

-Ponme un ejemplo -le dije con curiosidad.

-En estos momentos viene a mi memoria una frase de no sé qué peli. En ella hablaban de "Amor Duro" para distinguirlo de las cursilerías vomitivas de la mayoría del cine con el que nos bombardean. Verás -continuó- calificaban de amor duro a una acción que era necesaria para la evolución de un determinado personaje pero que no era en absoluto agradable. Similar a una lección que el por si mismo tenía que aprender. El amor sensiblero lo hubiese evitado con un "pobrecito de el" mientras le restaba poder. El auténtico en cambio, le daba la oportunidad de enfrentarse al supuesto mal trago y empoderarse mediante la acción consciente.

-A eso le llamo putada -dije sin muchos miramientos.

-¡Vaya simplismo! ¡Todo lo contrario! -Me miró haciendo muecas y arqueando las cejas- Le estaban dando la oportunidad de hacerse cargo de su vida y por tanto la oportunidad de recobrar su propio poder. Y tranquilo, no lo dejaban tirado, lo vigilaban desde la distancia. Es tan sólo un ejemplo.

-Vaya forma de decirlo -le repliqué con cierta ironía.

-Piensa que también para la persona que hace eso le supone un esfuerzo extra -continuó- pues la primera intención suele ser echar una mano sin dudarlo, sin embargo en este caso concreto, ha de realizar un acto consciente de dejar espacio al otro para darle la oportunidad que quizá no haya tenido nunca. ¿Me sigues?

-Ahora sí. Alto y claro -dije mientras acababa el té.

-¡Bien! ¡Pues retomemos el tema! -dijo mientras se levantaba y me invitaba a seguirle por la huerta- Otra forma de distinguir los centros emocionales superiores suele ser preguntarse: "¿Compito contigo o colaboro contigo?" La respuesta te indica el grado y vale tanto para uno mismo cómo para los demás.

-Entiendo -dije mientras observaba a una tortuga comerse un trozo de lechuga cultivada ante los atentos y sonrientes ojos de Benito- Competimos por comida pero colaboramos por causas mayores. Supervivencia versus crecimiento aunque no sean antagónicos.

-Efectivamente -dijo Benito-. Pues una vez que esto lo tenemos claro, retomemos el hilo inicial. Una vez detectado algo que dispare una emoción primaria básica e instintivamente reactiva que anule todo sentido crítico, ya hemos invalidado también otro aspecto importante. La capacidad de discernimiento.

-Te sigo -dije-. ¿Un ejemplo?

-Dos equipos de fútbol -dijo sin pestañear-. A cada equipo lo adornas de sentimientos superficiales que te sirvan para alejar al individuo del fondo de la cuestión. Unos aficionados gritarán cómo locos y los otros reaccionarán de igual manera. Todo está pensado para el enfrentamiento, la confrontación y el conflicto, cuando el fondo de la cuestión es que mientras 22 tíos millonarios persiguen un balón de cuero, millones de espectadores enfervorecidos y por tanto, enajenados y lejos de cualquier sentimiento racional, pagan entradas y cable de televisión cuando apenas llegan a fin de mes. Irónico.

-Es un ejemplo típico -contesté.

-La superficie es revestir a los equipos con camisetas y sentimientos vacíos pero encontrados, huecos de todo contenido aunque bien revestidos de brillantes ropajes y sensiblería barata -dijo mientras apartaba la tortuga con delicadeza y le arrancaba la hoja de lechuga para que la siguiese mordisqueando a su gusto.

-Está claro -dije.

-Bien. Una vez que has generado los bandos, lo demás realmente es muy sencillo y se limita a usar de forma inteligente esa separación para tu provecho particular -dijo arrancando unas malas hierbas alrededor de las jugosas lechugas-. Es poner en práctica el famoso dicho de "Divide y Vencerás". Esto no es nuevo, ya lo inventaron los romanos y hasta hay algoritmos que llevan este nombre.

-No te sigo -dije.

-Por seguir con el ejemplo anterior. Supongamos que vendes camisetas o banderas de equipos de fútbol. ¿Cómo incrementar las ventas? Fomentando la separación, el enfrentamiento y la irracionalidad más exacerbada. Un mes vas con un equipo y pones a parir al otro y al siguiente haces todo lo contrario. El efecto final es que las mal llamadas aficiones se enervarán hasta límites inimaginables y tu te forrarás vendiendo banderitas. ¿Ves qué fácil? ¡Si es que está chupao! -dijo alegremente sin inmutarse.

-No creo que la gente sea tan inocente a estas alturas para dejarse engañar así -repliqué.

-¿Ah no? Lo más divertido es conseguir enfrentarlos sin que siquiera sepan quién los enfrenta -dijo Benito mientras colocaba un caracol encima de la tortuga para divertirse- ¿Cómo crees que se originó la primera guerra mundial? ¿O la segunda? Alguien financió a ambos bandos y se forró con el invento y a las pruebas me remito que si te interesan tendrás que indagar y buscar. ¡No esperes que te lo den todo digerido chico! -dijo guiñándome un ojo mientras se reía a carcajada limpia- ¿Te acuerdas de lo del té o café? Esto es igual. Cómo en los juegos de casino. Da igual a lo que apuestes, al final la banca siempre gana.

-Sigo pensando que la gente no es tan ingenua ni manipulable -contesté-. Generalmente las cosas son mucho más simples que empeñarse en buscar explicaciones rebuscadas o cuando menos difíciles de probar. Yo creo que todo es más sencillo. Es la estupidez de la gente, su indolencia y su más absoluto egoísmo. Eso es todo.

-Definitivamente chico tu ingenuidad me conmueve -dijo riéndose a carcajada limpia-. ¿Sabes que he trabajado en el mundo de la publicidad y el marketing? Era muy bueno en eso de "venderle a la gente cosas que no necesita". No difiere mucho de lo que te he estado explicando. Sólo cambia el grado. Ya sabes: "cómo es arriba es abajo, cómo es abajo es arriba".

Esta vez le presté mayor atención y le miré con renovados ojos mientras Benito bajaba al caracol de la tortuga y lo ponía delicadamente sobre la hierba. Era la primera ocasión en la que mencionaba algo de su pasado y viéndole arrancar hierbajos en su huerto mientras silbaba despreocupado y sonriente, no conseguía enlazar mentalmente su antigua profesión de publicista con la imagen de la persona que ahora tenía ante mi. En ese breve instante y cómo un flash, descubrí que mis propios prejuicios y paradigmas mentales habían limitado mi capacidad de observación. Me pregunté en qué más lo estaría haciendo en mi vida diaria.

-Prejuicios -dijo mirándome a los ojos- No juzgues a nadie por sus apariencias o mejor dicho, no juzgues a nadie. Un juicio es cómo una opinión, no define al opinado, define al que opina chico- dijo sonriendo.

Le devolví la sonrisa y miré mi reloj. Se me había hecho más tarde de lo que esperaba.

-Bueno Benito, sintiéndolo mucho tengo que irme. Se ha pasado la tarde muy rápidamente -me excusé.

-Es que el tiempo es relativo, ¿sabías? -dijo riendo nuevamente mientras me ponía una mano el hombro y me acompañaba a la salida.

-Oye -dije- Un día me tienes que contar algo más de tu pasado cómo publicista.

-¡Bah! Es muy aburrido -me replicó- Prefiero reírme y disfrutar cómo un niño.

Mientras deshacíamos el camino andado hasta la entrada de la casa, me iba enseñando el resto del huerto señalando una planta o un árbol y explicándome las diferentes propiedades de cada una de ellos y de las cuales parecía tener grandes conocimientos. De repente se paró un momento y comenzó a reírse a carcajada limpia mientras batía las palmas.

-¡Se me ha ocurrido una idea! -me dijo- ¿Por qué no lo pruebas?

-¿Probar el qué? -le pregunté mientras le miraba sorprendido.

-El divide y vencerás -contestó-. Pero eso sí, recordando siempre cuál es la realidad y sin sacar provecho de la situación. Que al final todo vuelve.

-¿Y cuál es esa realidad? -pregunté.

-¡Que por muchos bandos que haya el partido es el mismo para todos! ¡Así que haz siempre tu mejor jugada! -Dijo mientras me daba un abrazo completamente inesperado dejándome boquiabierto frente a la puerta que acababa de cerrar delante de mis narices.