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En un lugar del planeta cuyo nombre he preferido olvidar, apareció un buen día cual extraterrestre despistado de viaje por la galaxia, Benito.

Benito no conducía un futurista platillo volante sino una destartalada moto rodante, cuyos mecanismos tenían más similitudes con el hombre prehistórico que con un humano procedente del futuro. Al fin y al cabo y siendo honestos, tampoco hemos evolucionado tanto, pasamos de las ruedas de los picapiedra al caucho y del fuego de las hogueras, a la explosión controlada de los motores de combustión.

El bueno de Benito se cruzó conmigo una brumosa tarde digna del Londres más húmedo en un paso de peatones, dónde "Ganímedes" -así llamaba a su desvencijada moto cómo supe después- apenas pudo frenar sin llevarme por delante y no por la velocidad de la chatarra rodante, sino por el dudoso sistema mecánico de freno, más digno de cualquier carro de vacas que de un sistema de transporte mecanizado.

Después del frenazo que hizo chirriar el caucho sobre el asfalto, la rueda delantera de la moto se detuvo justo entre mis piernas amenazando por unos centímetros partes de mi organismo a las que tengo gran aprecio.

-¡Perdona tío! Lo siento. No te había visto en medio de la niebla. ¿Estás bien? -Dijo bajando de la moto para interesarse por mi integridad física.
-Sí. Estoy bien pero por muy poco. Unos centímetros más y me llevas por delante. ¡Hay que tener cuidado los días de niebla! -Le contesté todavía con el corazón latiendo a cien por hora de la impresión.
-Lo siento. De verdad. Me alegro mucho de que todo se haya quedado en un susto -dijo con cara seria-. ¿Seguro que estás bien?
-Si. Gracias. Estoy bien. Tranquilo -le dije mientras me calmaba poco a poco.

Me miró un buen rato con cierta inquietud y signos de culpabilidad en sus ojos.

-Oye, déjame invitarte a tomar algo a modo de compensación. Es lo mínimo que puedo hacer. ¿Qué me dices? -Me preguntó.
-Vale, de acuerdo -le contesté después de unos segundos de titubeo pero convencido por su cara de preocupación.
-¡Estupendo! ¿Y qué va a ser un café o un té? -Preguntó.
-Preferiría un chocolate caliente -dije tras valorar ambas alternativas.
-¡Ah! ¡Qué buena respuesta! -Dijo esta vez riendo como un niño- Pues no se hable más.

Después de aparcar su oxidada moto, entramos en una cafetería cercana. Los clientes del interior miraron con curiosidad a mi acompañante nada más pisar la entrada. Se ve que sus botas desgastadas por abajo, junto con la gorra estilo partisano por arriba y un viejo vaquero raído junto con un zurrón de cuero de múltiples colores colgando de una chaqueta estilo militar por el medio, no eran comunes en el lugar en gente de cuarenta y pico años.

-¿Sabes? -dijo una vez sentados- Me ha gustado tu respuesta. Por cierto mi nombre es Benito.
-El mío Jaime -respondí contestando a su fugaz presentación cómo si no le diese mayor importancia a los nombres- ¿A qué respuesta te refieres?
-Si hombre. A mi pregunta de si querías café o té.
-¿Por qué? ¿Qué más da? -Le pregunté con cierta curiosidad por una pregunta tan absurda.
-Pues si que da. Casi todo el mundo escoge sobre lo que otros le ofrecen. ¿Café o té? ¿Coche o moto? ¿Derecha o izquierda? Pero pocos van más allá y hacen sus propias propuestas.
-Tampoco es para tanto. Es tan sólo una cuestión de gustos. Sencillamente me apetecía otra cosa.
-La mayoría hubiese respondido de forma automática entre una de esas dos opciones y ni si quiera se le hubiese pasado por la cabeza la tercera. ¿Cuántas veces nos limitamos a nosotros mismos siendo tan perezosos que preferimos todo digerido y fácil sin necesidad de pensar? ¡Que inventen ellos! Cómo decía Unamuno -dijo carcajeándose.
-La verdad es que tampoco me planteaba que un chocolate diese para semejante disertación. Es sólo cuestión de elección -dije sonriendo.
-El día en que nos demos cuenta en que lo más importante son precisamente esas pequeñas elecciones diarias que sin saber muy bien cómo van dibujando el camino que seguimos, entonces y sólo entonces comprenderemos la multitud de opciones que siempre hemos tenido a nuestra disposición. ¿El fin justifica los medios o el camino justifica ese fin? ¿Blanco o negro? Pero ¿dónde están el resto de opciones? ¡Amigo trabaja un poquito y desengrasa ese cerebro oxidado y búscalas tú mismo! ¡Vago! -dijo mientras se acababa de un trago el café y se deshacía en una sonora carcajada.
-Bueno. Ha sido un placer charlar contigo -continuó- pero me tengo que ir. Tengo responsabilidades que atender -dijo mirándome con aparente seriedad que no concordaba en absoluto con el tono de su voz.
-Venga. Te acompaño -dije mientras ambos nos levantábamos y nos dirigíamos a la salida en busca de la moto.

Se sentó sobre Ganímedes e intentó arrancarla pero ésta se negó en redondo a encender. Sin muchos miramientos bajó de la moto maldiciendo de todas las formas posibles y le propinó dos puntapiés cerca del carburador.

-¿Pero se puede saber qué haces? ¡Que te la vas a cargar! -Le reprendí entre sorprendido y alarmado.
-¡Qué va! Ganímedes y yo nos entendemos muy bien. Soy muy consciente de que esta energía en esta máquina me será devuelta de una u otra forma y de momento me divierto con el intercambio -dijo mientras me miraba sonriente cómo un niño y me daba una palmada en la espalda- ¡Le da salsa a la vida chico!

Le miré perplejo mientras al tercer intento la moto finalmente encendía. Aceleró una vez más y justo antes de irse lanzó una pregunta al aire:

-¿Café o té? ¡Pero si era una trampa! ¿No ves que las dos tienen cafeína? ¡El sutil encanto del burgués atontado! -Y se fue dejando atrás el sonido característico de su risa alegre y sonora.

Me quedé mirando cómo se alejaba y un tanto sorprendido por este extraño encuentro sin sospechar siquiera que estaba al inicio de una extraña y duradera amistad.