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Había quedado con Benito en los acantilados que daban al arenal muy cerca de su casa. Me había citado allí para darme algo, si bien no me explicó qué. No entendí gran cosa de lo que pretendía ni qué me quería ofrecer, pero ya me había habituado a no hacerme demasiadas preguntas cuando quedaba con él. La pedalada que me metí con la bici hasta llegar al lugar de la cita valió la pena aunque la falta de práctica y un estado físico claramente mejorable me hizo llegar casi echando los hígados por la boca.

Al llegar al lugar y a la hora indicados, vi a Ganímedes -la moto de Benito- aparcada cerca de un sendero que bajaba a la playa desde lo alto del acantilado. Cómo no le vi por los alrededores, decidí bajar a los arenales en su busca. Mi sorpresa fue mayúscula cuando cuando por fin lo encontré.

Estaba parado sobre una roca azotada suavemente por el mar, mientras mantenía un equilibrio casi perfecto apoyado exclusivamente sobre una de sus piernas, flexionando la otra y extendiendo los brazos en cruz, lo que le confería una estabilidad perfecta. Pude observar que en una mano sostenía una bolsa y en la otra, sobre la palma extendida, una roca. Verlo en esa posición, concentrado y en silencio, con el único sonido de fondo que producía el mar estrellándose en la arena, transmitía una armonía comparable a la de cualquier monasterio budista.

Así estuve un buen rato, observando a Benito sin que se percatase. De repente una gaviota lo sobrevoló y decidió posarse sobre su cabeza con suavidad. La estampa era perfecta para un premio Pulitzer y rápidamente saqué una foto para la posteridad. Siguió en esa pose un par de minutos más cual maestro Miyagi en Karate Kid. Cruzó por mi mente la famosa frase de "poner cera, quitar cera" y no pude evitar reírme al asociarlo. En ese instante, la gaviota levantó el vuelo y Benito saltó grácilmente sobre la arena, saludándome con la cabeza mientras arrojaba con fuerza al mar la piedra que hasta unos minutos antes sostenía.

-¡Hola! ¡Por fin has llegado! -dijo mirándome con falsa reprobación.

-Más vale tarde que nunca, aunque conste que he llegado a la hora estipulada -repliqué

-Es cierto -contestó-. Me apetecía llegar antes y relajarme un poco lejos del mundanal ruido.

-¿Haces estos numeritos a lo Kung Fu muy a menudo? -le pregunté irónicamente.

-¿Eso? -dijo ignorando mi ironía- No muchas veces, pero hoy sentí la necesidad de practicar el principio de equilibrio de forma física. Además, esta bolsa se prestaba a ello. Por cierto, aquí la tienes. Es tu regalo -dijo con mirada de niño travieso mientras me la ofrecía.

La cogí con interés e ilusión que bruscamente se transformaron en estupefacción y decepción.

-¿Pan duro? ¿Me has hecho venir hasta aquí para darme una bolsa llena de pan duro? ¿En serio?

-¡Ah! ¡Las expectativas del ego y sus construcciones mentales! -dijo riéndose- ¿Qué esperabas? ¿Un reloj de oro? -dijo mirándome con curiosidad.

-No sé qué esperaba la verdad. Pero esto no. Te lo aseguro -dije todavía incrédulo.

-Todo tiene un por qué y un para qué -dijo riéndose- aunque sea a modo de metáfora.

-¿La metáfora del pan duro? ¿Me estás tomando el pelo? -pregunté todavía indignado.

-Sí a la primera pregunta y no a la segunda. Por cierto me gusta el nombre: la metáfora del pan duro. ¿Te lo explico?

-Adelante, pero más vale que la historia sea buena -dije mientras cogía un trozo de pan de la bolsa y hacía ademán de arrojarlo al mar.

-¡Espera! -me detuvo- Primero escucha mi historia y después decides qué hacer con el pan. ¿Trato hecho?

-Está bien. Trato hecho -dije mientras le dedicaba una mirada escéptica.

-¡Estupendo! -Dijo batiendo las palmas de las manos mientras me invitaba a seguirle lo suficientemente cerca del mar para mojar los pies descalzos.

-Había una vez una señora que estaba concentrada cocinando un estofado mientras su marido preparaba cuidadosamente una jugosa ensalada. En cuanto la hubo aliñado, cogió un trozo de pan y se dispuso a cortarlo en una tabla sobre la mesa -dijo mientras recogía con curiosidad unas conchas que había dejado entre sus pies el mar.

-Cuando el hombre ya estaba a punto de cortar el pan -continuó la historia- súbitamente la mujer se lo arrebató del filo de sierra del cuchillo y, sin más miramientos, lo tiró directamente al cubo de la basura que, al menos era de orgánico -dijo sonriente mientras hacía rebotar graciosamente la concha sobre el mar.

-El marido sorprendido le preguntó a su mujer: "¡¿Pero qué haces?!" y ella le contestó sin pestañear: "¿No ves que no sirve? Ese pan ya está duro y tenemos otro bollo fresco aquí. Ese ya no sirve." "¿Pero cómo que no sirve? ¿No ves que valía perfectamente para hacer tostadas?" contestó el marido. "¡No vale! ¡Ya no sirve! Corta del fresco. El otro no lo quiero." Así que el marido, todavía incrédulo, sacó de la bolsa el pan del día mientras que con mirada resignada lo comenzó a cortar en rodajas sobre la tabla sin decir ni una palabra más -Benito guardó silencio un instante mientras me miraba con seriedad-. ¡Y fin de la historia! ¿Qué te ha parecido?

-¿Que qué me ha parecido? ¿Me estás tomando el pelo? Esto ni es una historia ni mucho menos ninguna metáfora, es una absurdo sin pies ni cabeza -dije cada vez más indignado y preguntándome qué estaba haciendo paseando por la playa en compañía de un chiflado que me había regalado pan duro y contaba relatos ridículos.

-¡Ah! ¡Otra vez las expectativas! -dijo mofándose de nuevo- No te has molestado en rellenar los huecos de la historia perezoso. ¡Siempre esperando a que los demás te lo den todo hecho! Está bien, ya lo hago yo -dijo mientras, todavía sonriente, me dedicaba una mirada de cierta reprobación.

Le miré entonces con cara de pocos amigos mientras le daba la oportunidad de enmendar lo que consideraba un auténtico sinsentido.

-Verás, lo que falta por completar en esta historia es preguntarse qué ha motivado a la mujer a actuar así. A usar y tirar -dijo.

-¿Usar y tirar? No te sigo -respondí.

-Verás, ella utiliza todo aquello que cree que le es útil, y observa que remarco la palabra "cree", mientras se deshace del resto porque, de nuevo, "cree" que ya no le sirve -dijo mirándome cada vez más serio-. Esa forma de actuar con un pequeño pedazo de pan es lo que determinaba su vida y su forma de actuar con todo lo que la rodeaba.

-Entiendo -dije interesado-. Algo así cómo una especie de utilitarismo pragmático.

-¿Pragmático o egoísta? ¿Es lógico tirar un trozo de pan cuando todavía es útil para alguien incluso para ti mismo aunque no lo sepas apreciar? Y aplicado a las relaciones humanas, ¿es pragmático o egoísta deshacerse de aquellos que ya no necesitas? Piénsalo un segundo -dijo mientras saltaba para esquivar una ola más grande de lo normal.

-Quizás podríamos llamar a esa actitud utilitarismo social -sugerí.

-¡Buen nombre! -dijo Benito dándome una palmada en el hombro- Pues eso exactamente es lo que muchas veces hacemos en nuestra vida diaria a partir de nuestras creencias y patrones de comportamiento. Es decir, de nuestros propios paradigmas y arquetipos, a través de los cuales interactuamos con la realidad que tenemos ante nuestras narices, alejando de nosotros aquello que consideramos inútil, ya sean personas o cosas. ¿Y qué consecuencias acarrea eso si no se modifica? -dijo Benito fingiendo que le preguntaba al mar.

-Ilumíname con tu sabiduría -dije entre irónico y expectante.

-Pues no es ninguna broma -me amonestó con amabilidad-. Al final, el que así actúa acaba solo, ya que a nadie le gusta convertirse en un objeto de usar y tirar y más temprano que tarde acaban por alejarse. Finalmente, esa gente sólo puede construir relaciones de compra-venta en lugar de basar su vida en relaciones sólidas de confianza y comprensión. Ese egoísmo que antes mencionaba les lleva a ello, compro tu tiempo, compro tu esfuerzo y, por último, compro hasta tus sentimientos. Y así finalmente todo se reduce a una cáscara vacía, a una transacción hueca y fría que conduce a la más absoluta soledad -dijo mirándome-. Una vida basada en el miedo a perder algo sólo me produce una inmensa sensación de tristeza. Una vida plena que se ha truncado. Piensa en ello -dijo mientras miraba al mar pensativo.

Caminé meditabundo a su lado mientras Benito se dedicaba a saltar olas cómo un niño pequeño jugando con el mar por primera vez. Nunca dejaba de sorprenderme su jovialidad y alegría infantil. No cruzó por mi mente ninguna reflexión digna de mención, salvo el sentir por un momento en mis adentros esa tremenda sensación de vacío, imaginándome una vida gris y carente de sentido que me produjo una gran desazón. Miré a Benito de nuevo y, viéndole saltar las olas, ese sentimiento desapareció cómo por arte de magia. ¿O tal vez Benito conseguía transmitir con sus actos magia a su alrededor? ¿Lo hacía conscientemente? Esa reflexión cruzó mi mente más rápida que el tiempo que duran unas golosinas a la salida de un colegio, al tiempo que Benito me daba una fuerte palmada en la espalda que me sacó de mis tribulaciones.

-¡Venga chico! -dijo-. Deja de pensar tanto, que el humo que sale de tu cabeza parece de una central térmica y eso contamina. Regresemos a casa que nos espera un trecho de vuelta y todavía tengo que alimentar a mis animalitos.

Subimos de nuevo a los acantilados, justo dónde había dejado mi bici y Benito, a Ganímedes. Arrancó y me miró una vez más antes de irse:

-Dime una cosa, ¿qué vas a hacer con esa bolsa de pan duro? -preguntó.

Miré a la bolsa y a Benito alternativamente.

-Creo que hoy cenaré pan tostado con mantequilla y mermelada -contesté.

Me miró de nuevo con ojos luminosos y dándome una nueva palmada en mi maltrecho hombro, que casi me desequilibra, aceleró su moto sin decir ni pío, dejándome con la palabra en la boca. Así que, aplicándome el famoso dicho de "si no vas a mejorar el silencio, mejor no digas nada", cogí mi bici, colgué la bolsa de pan duro del manillar y una vez más no pude evitar esbozar una sonrisa con la narración de Benito.

"Un pan duro bien aprovechado, sí señor" me dije mientras volvía silbando a casa más ligero que cómo había venido y pensando en qué me depararía mi próximo encuentro con Benito y sus absurdas historias.