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Historia inacabada IV: En el puerto

Hacía una hora que había salido del piso dónde lo había dejado durmiendo la borrachera y ahora se encontraba sentada en el embarcadero, envuelta en un impermeable verde oscuro con el que se protegía de la lluvia. El cabello húmedo se le pegaba a la cara ocultándole parcialmente el rostro así como sus grandes ojos oscuros, pero no le importaba. Ya no necesitaba mirar nada. Conocía todos los barcos que se balanceaban plácidamente en la noche, encadenados momentáneamente a tierra firme pero deseosos de partir de nuevo y navegar sobre la soledad del mar, plenamente integrados con el medio y el único lugar donde nunca sentían añoranza por regresar a puerto.

Se apartó el cabello húmedo con sus dedos y miró hacia la oscuridad que se extendía más allá del último barco amarrado en el muelle. Después dirigió su vista hacia atrás. El puerto estaba desértico. Se levantó y echó a andar decidida hacia el final del dique donde comenzaba el mar.

-¿Este impermeable es tuyo? -preguntó al marinero que lo acompañaba caminando por el malecón en dirección a su barco de faena, mientras se agachaba y recogía la prenda.

-No. Venga joder. No te entretengas con chorradas y sube de una vez al barco que zarpamos en 15 minutos -le respondió mientras comenzaba a subir por la escalerilla sin mirar atrás.

Con el impermeable que le había llamado la atención todavía en la mano, subió a bordo y zarparon casi inmediatamente. Registró los bolsillos del atuendo y tan solo encontró una piedra amarillenta de cinco puntas muy desgastada por el mar. La sopesó en la palma de la mano y le recordó cierto parecido con una hoja de árbol extraña o una estrella de mar. No supo decidirse. Sin pensarlo dos veces, la arrojó por la borda mientras entraba en la cabina del capitán dando un portazo.

La mujer caminaba descalza por la playa, dejando que los primeros rayos de sol del amanecer le acariciasen la piel. Dirigió su vista al mar y se detuvo como si esperara algo. De repente, una ola se acercó con fuerza arañando la arena arrastrando algo consigo antes de deshacerse en espuma y morir a los pies de la mujer. Se agachó inmediatamente y descubrió algo en la arena mojada mientras lo tomaba con la mano. Era una pequeña hoja de piedra amarillenta de cinco puntas. Sonrió y la guardó en su bolsillo mientras dirigía su vista al mar de nuevo.

"Algún día podré volver", se dijo a si misma nostálgica y se alejó a grandes zancadas de la orilla tierra adentro una vez más, al tiempo que caminaba por la playa sumida todavía en sus propios pensamientos. Los humanos le parecían divertidos, como niños en una guardería, entre inocentes indefensos o peligrosos inconscientes. Cada vez regresar se le hacía más duro y costoso. "Demasiados años en este planeta. ¡Y he avanzado tan poco! ¡Me falta tiempo para todo lo que tengo que hacer!", se lamentaba para sus adentros. "No desesperes", susurró una voz en su interior que conocía bien, "No desesperes" repitió, "Persevera y ten fe. Confía en el proceso que está en marcha y recuerda que has sido tú y siempre ha sido tú, quién ha elegido, así que sonríe. Es tu destino hermosa mía."

Sonrió. Siempre sonreía cuando estos sentimientos traducidos en palabras cruzaban por su mente. Dirigió su vista al frente un par de kilómetros más allá de dónde se encontraba, justo donde la playa se unía con el embarcadero en una delgada línea. Se sintió mejor y caminó con su seguridad habitual que quienes no la conocían bien, solían confundir con arrogancia. Una vez en el muelle caminó resuelta de vuelta a la ciudad. El destino le había dado la oportunidad que necesitaba y tan sólo era cuestión de ver como la aprovechaba.

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Historia inacabada III: Un despertar con resaca

Lo primero que vi sobre mi cabeza al despertar por la mañana fue la lámpara. Una de esas grandes y antiguas, de araña creo que les llaman. Lo segundo que sentí fue un estallido tremendo dentro de mi maltrecho cerebro, acompañado de constantes y dolorosos fogonazos que parecían sincronizarse cruelmente con los latidos de mi corazón. ¡Joder! No soportaba el dolor de cabeza de la resaca, ni la lengua pastosa y fétida, ni mucho menos las continuas nauseas que amenazaban con hacerme vomitar sobre la excéntrica alfombra india que tapizaba el suelo del salón.

Giré lentamente la cabeza y pude ver el resto de la habitación. No había cuadros de familia ni ningún otro objeto que hiciese de aquel lugar algo más personal. Nada. Tan solo un viejo mueble con cerámicas y tazas de porcelana china de todo a cien, apiñándose en las estanterías con aspecto de no haber sido usadas jamás. Era todo frío y distante. Aséptico. Como un quirófano de hospital o un maldito tanatorio, reflexioné lúgubremente.

Iba a levantarme pero desistí. La cabeza todavía me daba más vueltas que un tiovivo demente. Las persianas del salón seguían bajadas y aunque la luz del día se empeñaba en entrar en el mismo, no tenía la más remota idea de que hora era y en la casa no se oía un solo sonido. Sólo silencio. Al incorporarme torpemente me di cuenta de que estaba desnudo. No recordaba haberme desvestido así que supuse que la mujer debió haberlo hecho mientras dormía la mona. ¡Vaya espectáculo patético debí ofrecer! 

Busqué mi ropa pero no la encontré por ningún lado, ni en la alfombra, ni en la mesa del comedor y tampoco en ninguna de las sillas de época que escoltaban la mesa como una guardia pretoriana del pasado. Decidí tomarlo con calma, además, ¿qué otra puñetera cosa podía hacer? Así que me quedé donde estaba esperando con pasmosa tranquilidad y cierta resignación estoica. Me asombré a mí mismo porque no sentí extrañeza ni inquietud alguna y menos todavía preocupación. Era como si el que estaba recostado en el sofá, fuese una tercera persona completamente ajena a mí, pudiendo observarla con la distante objetividad, de quien sabe que no tiene nada en común con ella y cuya suerte no le importase lo más mínimo.

Una sensación más cálida y en cierta manera reconfortante comenzó a invadirme: la curiosidad. Ese pensamiento me hizo volver a la realidad y a mi mismo, haciéndome sentir extrañamente vivo, olvidando para siempre a mi otro yo más distante y observador. Sentí un agradable calor que me iba recorriendo el cuerpo que, a su paso, iba haciendo retroceder lentamente el malestar de la resaca.

"Vaya situación mas anormal" pensé. "Normal", esa palabra usada para definir de una manera tan parcial, acotada y estrecha la vida de las personas, que me hace sentir claustrofobia con que sólo alguien la pronuncie. Entonces, como un relámpago en mi maltrecho cerebro, recordé lo que ella había dicho la noche anterior: "Yo no soy normal" y sonreí para mis adentros al recordar su expresión. En esa imagen que mi defectuosa memoria trajo a mi mente, me pareció mucho mayor de lo que aparentaba, como si estuviese de vuelta de todo y ya nada pudiese sorprenderla. La tristeza que acompañó a su rostro al decirme aquello bajo la lluvia y a la tenue luz de la noche anterior, no hizo más que resaltar esa impresión.

Decidí levantarme y tomar un café para despejarme un poco. Al subir la persiana, la luz del día entró en la habitación con tal furia, que me dejó ciego y desnudo ante la ventana durante un par de minutos. Cuando conseguí recobrar la visión, decidí buscar la cocina para ver si conseguía localizar algo que tranquilizase a mi estómago y recuperar a mi cerebro de su actual estado de ofuscamiento e inactividad. Después del primer café negro me sentí mucho mejor y luego del segundo, ya había alcanzado un grado de normalidad suficiente para hacer frente a las sorpresas que el día me iba a deparar. Algo me decía que serían muchas y un tanto sorprendentes.

En el cuarto de baño encontré mi ropa seca en una cesta. Me duché y me vestí. Ya estaba preparado para lo que fuera. ¡Qué equivocado estaba! Todo empezó con la llamada de teléfono. No debí cogerlo, lo sé. Pero mi principal defecto es la curiosidad y desde que había llegado a esta casa se había multiplicado al máximo.

-¿Diga? -dije descolgando el auricular.

-Buenos días. ¿Te encuentras mejor? -dijo una voz femenina que reconocí inmediatamente.

-Sí. Gracias -respondí.

-No hay de qué -dijo-. Dentro de veinte minutos pasaré por casa. Como te dije ayer tengo que hablar contigo.

-¿Hablar? ¿De qué? -respondí intrigado.

-Todo a su debido tiempo -y colgó sin más.

Puesto que no tenía nada mejor que hacer, me senté a esperar a mi anfitriona cual gato al acecho, mientras cogía mi taza de café caliente y lo removía con la cuchara expectante. Sospechaba que necesitaría otro más antes de que llegase y como más tarde pude comprobar, no me equivocaba en lo más mínimo.

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Historia inacabada I: Introducción

No les diré quién soy porque no les importa, así que ni se molesten en preguntar. Además tampoco soy el protagonista del relato que les voy a contar así que, de nuevo, les da igual. Mi papel se limita al de narrador y ocasional partícipe en algunos episodios del mismo.

Se preguntarán de qué va esta historia y de si vale la pena hacer el esfuerzo de seguir leyendo estas líneas, ¿verdad?. En realidad no me importa lo más mínimo si lo que les voy a relatar les puede interesar o no. No la escribo por ustedes. Ni siquiera por mí. La escribo porque se lo he prometido a alguien muy especial. 

Recuerdo perfectamente la conversación que hace ya muchos años, habíamos mantenido en una parada de autobús perdida en medio de ninguna parte:

-¡Joder! ¡Ni siquiera sé escribir! -Me lamentaba dando un puntapié a una piedra solitaria.

-Puede que no sepas y quizás tampoco sea una gran historia. Es posible -me respondió- pero sí sé que la escribirás fielmente, contando toda la verdad tal y como fue, sin falsedades ni manipulaciones. Y la verdad es lo único que importa, ¿no? -dijo enigmáticamente mientras sonreía y se apartaba el largo flequillo que le ocultaba medio rostro y que la hacía tan especial.

-Me pregunto a quién le importa realmente -le repliqué cansado.

-A mí me importa -contestó-. Y en el fondo de tu corazón sabes que a ti también.

Me miró de nuevo escrutándome con su penetrante mirada. ¡Maldita sea! Tenía razón. Y puede que fuese lo único que realmente importaba. La cruda verdad a todo el que esté dispuesto a enfrentarse a ella.

-Pero ¿quién está dispuesto a enfrentarse a la verdad? Nadie quiere que le molesten y le sacudan de su cómoda vida. ¿Qué sentido tiene todo esto? -Volví a quejarme.

-Lo que tú escribas, estará ahí para quién quiera escuchar -replicó-. ¿Y sabes? Siempre hay alguien dispuesto a recibirla. Sólo están ahí esperando a que alguien se la recuerde. Eso es todo -dijo sonriendo mientras el sol se reflejaba en su largo y liso pelo castaño.

El autobús avanzaba por la desértica carretera y se aproximaba ya a la parada.

-Bueno. Me voy. Es mi hora. Cuídate mucho y deja de lado ese cinismo. No te va a ayudar mucho de ahora en adelante -Me dijo cariñosamente mientras le hacía un gesto al bus.

-¿Cínico yo? -dije mientras sonreía irónicamente haciéndome el ofendido- ¡Por favor! ¿Desde cuándo?

Ni se me molestó en contestarme e ignorando mi comentario, se acercó, me dio un besó en la mejilla mientras me daba un último y fuerte abrazo y sin añadir una sola palabra más desapareció, quién sabe si para siempre de mi vida, dejándome un vacío que no supe apreciar en toda su magnitud hasta ese preciso instante de mi vida.

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Historia inacabada II: Perdido y encontrado

El bar estaba hasta los topes. Me encontraba solo y apoyado en la barra fumando un cigarro de tabaco rubio barato y rancio. Decidí emborracharme, así sin más, lenta pero concienzudamente. El patético objetivo era conseguir no recordar nada al día siguiente. Lo había intentado en anteriores ocasiones pero con poco éxito. Esta vez sería distinto. Donde hay fe, hay esperanza reza el dicho.

Estaba asqueado. La ciudad me aburría casi tanto como el trabajo del que me acababan de despedir media hora antes. La verdad es que me sentía aliviado, pero necesitaba hacer borrón y cuenta nueva. El alcohol me solía ayudar en eso. Supongo que me empecé a reír como un idiota porque la camarera del decadente lugar, no dejaba de mirarme de reojo mientras mascaba chicle entre sus amarillentos dientes. Que se joda pensé. Que se joda el bar. Que se joda la ciudad. Que se joda todo.

Tiré el cigarro al suelo donde pasó a hacerle compañía al numeroso grupo de colillas ya existentes y apuré de un sólo trago mi quinto cubata de ron. Le hice un gesto a la camarera y pedí otro mientras echaba un vistazo a mi alrededor. "¡Joder! ¡Qué mal veo!" pensé. Intenté enfocar mi vista nublada por el alcohol y recorrí con la mirada las mesas que ocupaban el local, al que el humo y la poca iluminación, daban un aspecto fantasmagórico y mortecino.

Me levanté y por poco me caigo al suelo. Los cubatas parecían hacer su efecto. "¡Mierda!" -pensé- "Otra vez borracho y plenamente consciente". De nuevo sonreí estúpidamente mientras balbuceaba algo así como "gracias" a una mano que me sostuvo en el último momento antes de que la ley de la gravedad depositase mi cuerpo sobre una mesa repleta de bebidas. Avancé por el garito lenta y torpemente, concentrando mi atención en la salida, intentando no tropezar y desmoronarme sobre alguna de las pegajosas mesas que se interponían en mi camino. Después de colisionar de forma involuntaria con algunas piernas y brazos que soltaban improperios a mi paso, alcancé la puerta del antro.

Una vez fuera, caminé por el oscuro callejón que se abría a mi derecha y respiré profundamente. La lluvia contribuyó a despejarme un poco de mi alcohólico letargo y comencé a sentirme mejor, aunque seguía mareado y con la visión claramente perjudicada.

-¿Estás solo? -Dijo una voz femenina a mi espalda. Me di la vuelta lentamente, más por si me caía que por otra cosa y así fue como la vi por primera vez. Una mujer de pelo castaño, largo y liso, de piel pálida y rasgos delicados me observaba. A pesar de mi lamentable estado, conseguí percibir el brillo de sus ojos en la oscuridad de la noche.

Miré a mi alrededor por si no se dirigía a mí. Ya saben, todos los borrachos creen que todo el mundo se dirige a ellos, pero parecía que este no era el caso. No había nadie más en el callejón. Por un momento supuse que sería una trabajadora del sexo, vulgo puta. Recordaba la última vez que me había ocurrido algo parecido, sólo que en ese caso añadió un "te la chupo por 20 euros". Me deprimió de tal manera que no supe ni qué contestar a su oferta mientras la miraba boquiabierto con las manos en los bolsillos. Cuando se cansó de esperar mi respuesta, se largó maldiciendo y quejándose a voz en grito que estaba harta de retrasados, mongólicos e imbéciles. Tras estas reflexiones que atravesaron en milisegundos mi alcoholizada mente, enfoqué de nuevo mi vista al frente. La mujer seguía allí de pie observándome en silencio y esperando pacientemente una respuesta. Sus ojos eran grandes y me miraban entre divertidos y curiosos.

-Sólo cuando hay más gente -respondí con efecto retardado a su pregunta de si estaba solo. No se me ocurrió nada mejor que contestar en ese momento.

Sonrió y me cogió del brazo ayudándome a incorporarme.

-Ven -dijo-. Tengo que hablar contigo y este no es el momento ni el lugar. ¿No te parece?

La seguí dócilmente. Al fin y al cabo, al lugar a donde fuese que nos dirigiésemos, no sería peor que el tugurio maloliente del que había salido. Además no me sentía con fuerzas y tampoco podía pensar con claridad. Tenía ganas de vomitar. Abandonamos el callejón y nos incorporamos a la calle principal que estaba desierta. Sentí algo húmedo en la cabeza y miré hacia arriba. "¡Vaya! Si está lloviendo" y me reí como un idiota mientras me quedaba quieto y dejaba que el agua mojase tanto mi pelo como mi cara. La lluvia estaba muy fría y eso contribuyó a despejarme un poco.

Miré a mi alrededor desorientado y la extraña mujer permanecía allí, mirándome sonriendo pero sin dejar de sostenerme cogiéndome del brazo. No esperaba que estuviese todavía. De hecho, me metió tal susto, que di un traspiés y caí en medio de un charco de la calle. De repente recordé al viejo harapiento y alcoholizado que vagaba por la calle en busca de vasos llenos de alcohol a medio terminar y que con manos temblorosas, tanteaba entre las botellas apiladas cerca de los contenedores de basura. Me senté resignado y comencé a farfullar incoherencias mofándome de mi propia torpeza.

-Dame la mano anda -dijo la enigmática mujer mientras me ofrecía su mano pacientemente.

Levanté la vista y comprobé, no sin cierto estupor, que aún estaba allí con esa enigmática sonrisa, mezcla entre tierna y comprensiva. Una sonrisa de esas por las que hasta un tipo como yo sería capaz de darlo todo. Le di la mano y me ayudó a incorporarme. Fue entonces cuando la vi realmente por primera vez. Si bien no era tan hermosa como me había parecido previamente, había algo en aquel rostro que la hacían la mujer más bella del mundo justo en ese instante y lugar. Supongo que era esa mirada entre resignada y triste que por momentos creía vislumbrar en sus ojos oscuros e insondables y que me comenzaba a gustar. Siempre tuve debilidad por los tristes y solitarios, aquellos que saben que lo único que pueden hacer es seguir luchando cada día y que nunca se rinden aunque las cartas que les hayan tocado nunca les sonrían. Siempre me pregunté quién sería el hijo de la gran puta que reparte las jodidas cartas. Como siempre digo, resistir es mi único consejo para casi todo, pero acaso, ¿no ocurre siempre así?.

Mientras la miraba, pude verme reflejado en sus pupilas dilatadas en la noche y la imagen que me devolvían, no era precisamente lo que se dice espléndida. Un tío de pelo largo a la altura de los hombros, pantalón vaquero en otros tiempos azul ahora blanquecino por el uso, chaqueta de cuero marrón oscuro casi tan desgastada como los pantalones y completando el lamentable conjunto, unas viejas deportivas hundidas en medio del charco de agua del que todavía no me había dignado a salir y por cierto, cuyo nivel no cesaba de aumentar gracias a la cantidad de agua que me chorreaba desde la cabeza hasta los pies. Comenzaba a sentir frío.

-Te acompaño a casa -dijo-. En este estado no creo que llegues al otro lado de la calle.

-No soy de aquí -le respondí con voz insegura por el alcohol-. Vivo en las afueras. Tengo el coche cerca. Gracias.

-No puedes conducir en estas condiciones. Acompáñame a mi casa. Allí podrás dormir. Estás hecho una pena -dijo mientras me miraba de arriba a abajo.

-Oye tía, ¿de qué va todo esto? -le respondí- No me conoces, no sabes nada de mí y me estás invitando a pasar la noche en tu casa. Esto no es muy normal. ¿No te parece?

-Yo no soy normal y tú tampoco -replicó no sin acierto-. ¿Qué es lo que te preocupa entonces?

"¡Joder! Necesitaba pensar con claridad. ¡Maldito cerebro el mío! Justo cuando más lo necesitaba más me fallaba. "Yo no soy normal" había dicho. Fue lo más agradable que había escuchado en toda la maldita noche.

-De acuerdo -le dije mientras encogía los hombros entre resignado y agotado.

Apenas recuerdo el trayecto que seguimos hasta su piso. Lo único que sé es que abandonamos la calle de los pubs decadentes atravesando diferentes calles todavía rebosantes de borrachos vomitando en las esquinas o haciendo sus necesidades a la luz de alguna farola. Continuamos internándonos por callejuelas cada vez más estrechas y silenciosas. Los edificios se veían borrosos y difuminados en medio de la niebla, aunque se distinguía bien el viejo suelo empedrado del casco antiguo de la ciudad al que supuse nos dirigíamos. Atravesamos un pequeño callejón formado por las paredes de una vieja iglesia románica y un antiguo edificio de piedra que le hacía frente. Estaba húmedo por la lluvia que no cesaba de caer y las gotas se escurrían entre el musgo colgante de sus paredes. Los pasos de la chica sonaban firmes entre los charcos de agua mientras que mis vacilantes traspiés de borracho intentaban no perder su sombra entre las viejas y silenciosas piedras que daban la impresión de mirarme entre hostiles y amenazantes por atreverme a romper su silencio.

Llegamos por fin a lo que supuse era su edificio. Abrió la puerta y después de atravesar un oscuro vestíbulo, subimos en un pequeño ascensor, de esos antiguos de rejilla y puerta manual de madera. Empezamos a ascender hasta un número de planta completamente indeterminado para mí, pues ya por entonces estaba prácticamente dormido y apoyado en la pared del fondo del ascensor que me transmitía una inquietante impresión y cierta similitud con la jaula de un zoológico diseñada para impedir que la presa pudiese escapar. Sonreí de nuevo irónicamente.

Lo siguiente que recuerdo es un viejo aunque cómodo sofá donde me derrumbé agotado y prácticamente dormido. Entre los vapores alcohólicos que todavía nublaban mi mente, flotaron varias preguntas: ¿Quién era esta tía? ¿Dónde coño estábamos? ¿Qué hacía yo aquí? Las dejé volar y rondarme un rato ante mis ojos al igual que unos molestos fantasmas, hasta que el cansancio se apoderó por completo de mí y ya todo dejó de importarme un carajo.

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