Main menu

No les diré quién soy porque no les importa, así que ni se molesten en preguntar. Además tampoco soy el protagonista del relato que les voy a contar así que, de nuevo, les da igual. Mi papel se limita al de narrador y ocasional partícipe en algunos episodios del mismo.

Se preguntarán de qué va esta historia y de si vale la pena hacer el esfuerzo de seguir leyendo estas líneas, ¿verdad?. En realidad no me importa lo más mínimo si lo que les voy a relatar les puede interesar o no. No la escribo por ustedes. Ni siquiera por mí. La escribo porque se lo he prometido a alguien muy especial. 

Recuerdo perfectamente la conversación que hace ya muchos años, habíamos mantenido en una parada de autobús perdida en medio de ninguna parte:

-¡Joder! ¡Ni siquiera sé escribir! -Me lamentaba dando un puntapié a una piedra solitaria.

-Puede que no sepas y quizás tampoco sea una gran historia. Es posible -me respondió- pero sí sé que la escribirás fielmente, contando toda la verdad tal y como fue, sin falsedades ni manipulaciones. Y la verdad es lo único que importa, ¿no? -dijo enigmáticamente mientras sonreía y se apartaba el largo flequillo que le ocultaba medio rostro y que la hacía tan especial.

-Me pregunto a quién le importa realmente -le repliqué cansado.

-A mí me importa -contestó-. Y en el fondo de tu corazón sabes que a ti también.

Me miró de nuevo escrutándome con su penetrante mirada. ¡Maldita sea! Tenía razón. Y puede que fuese lo único que realmente importaba. La cruda verdad a todo el que esté dispuesto a enfrentarse a ella.

-Pero ¿quién está dispuesto a enfrentarse a la verdad? Nadie quiere que le molesten y le sacudan de su cómoda vida. ¿Qué sentido tiene todo esto? -Volví a quejarme.

-Lo que tú escribas, estará ahí para quién quiera escuchar -replicó-. ¿Y sabes? Siempre hay alguien dispuesto a recibirla. Sólo están ahí esperando a que alguien se la recuerde. Eso es todo -dijo sonriendo mientras el sol se reflejaba en su largo y liso pelo castaño.

El autobús avanzaba por la desértica carretera y se aproximaba ya a la parada.

-Bueno. Me voy. Es mi hora. Cuídate mucho y deja de lado ese cinismo. No te va a ayudar mucho de ahora en adelante -Me dijo cariñosamente mientras le hacía un gesto al bus.

-¿Cínico yo? -dije mientras sonreía irónicamente haciéndome el ofendido- ¡Por favor! ¿Desde cuándo?

Ni se me molestó en contestarme e ignorando mi comentario, se acercó, me dio un besó en la mejilla mientras me daba un último y fuerte abrazo y sin añadir una sola palabra más desapareció, quién sabe si para siempre de mi vida, dejándome un vacío que no supe apreciar en toda su magnitud hasta ese preciso instante de mi vida.

CAPÍTULO SIGUIENTE: Perdido y encontrado