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El bar estaba hasta los topes. Me encontraba solo y apoyado en la barra fumando un cigarro de tabaco rubio barato y rancio. Decidí emborracharme, así sin más, lenta pero concienzudamente. El patético objetivo era conseguir no recordar nada al día siguiente. Lo había intentado en anteriores ocasiones pero con poco éxito. Esta vez sería distinto. Donde hay fe, hay esperanza reza el dicho.

Estaba asqueado. La ciudad me aburría casi tanto como el trabajo del que me acababan de despedir media hora antes. La verdad es que me sentía aliviado, pero necesitaba hacer borrón y cuenta nueva. El alcohol me solía ayudar en eso. Supongo que me empecé a reír como un idiota porque la camarera del decadente lugar, no dejaba de mirarme de reojo mientras mascaba chicle entre sus amarillentos dientes. Que se joda pensé. Que se joda el bar. Que se joda la ciudad. Que se joda todo.

Tiré el cigarro al suelo donde pasó a hacerle compañía al numeroso grupo de colillas ya existentes y apuré de un sólo trago mi quinto cubata de ron. Le hice un gesto a la camarera y pedí otro mientras echaba un vistazo a mi alrededor. "¡Joder! ¡Qué mal veo!" pensé. Intenté enfocar mi vista nublada por el alcohol y recorrí con la mirada las mesas que ocupaban el local, al que el humo y la poca iluminación, daban un aspecto fantasmagórico y mortecino.

Me levanté y por poco me caigo al suelo. Los cubatas parecían hacer su efecto. "¡Mierda!" -pensé- "Otra vez borracho y plenamente consciente". De nuevo sonreí estúpidamente mientras balbuceaba algo así como "gracias" a una mano que me sostuvo en el último momento antes de que la ley de la gravedad depositase mi cuerpo sobre una mesa repleta de bebidas. Avancé por el garito lenta y torpemente, concentrando mi atención en la salida, intentando no tropezar y desmoronarme sobre alguna de las pegajosas mesas que se interponían en mi camino. Después de colisionar de forma involuntaria con algunas piernas y brazos que soltaban improperios a mi paso, alcancé la puerta del antro.

Una vez fuera, caminé por el oscuro callejón que se abría a mi derecha y respiré profundamente. La lluvia contribuyó a despejarme un poco de mi alcohólico letargo y comencé a sentirme mejor, aunque seguía mareado y con la visión claramente perjudicada.

-¿Estás solo? -Dijo una voz femenina a mi espalda. Me di la vuelta lentamente, más por si me caía que por otra cosa y así fue como la vi por primera vez. Una mujer de pelo castaño, largo y liso, de piel pálida y rasgos delicados me observaba. A pesar de mi lamentable estado, conseguí percibir el brillo de sus ojos en la oscuridad de la noche.

Miré a mi alrededor por si no se dirigía a mí. Ya saben, todos los borrachos creen que todo el mundo se dirige a ellos, pero parecía que este no era el caso. No había nadie más en el callejón. Por un momento supuse que sería una trabajadora del sexo, vulgo puta. Recordaba la última vez que me había ocurrido algo parecido, sólo que en ese caso añadió un "te la chupo por 20 euros". Me deprimió de tal manera que no supe ni qué contestar a su oferta mientras la miraba boquiabierto con las manos en los bolsillos. Cuando se cansó de esperar mi respuesta, se largó maldiciendo y quejándose a voz en grito que estaba harta de retrasados, mongólicos e imbéciles. Tras estas reflexiones que atravesaron en milisegundos mi alcoholizada mente, enfoqué de nuevo mi vista al frente. La mujer seguía allí de pie observándome en silencio y esperando pacientemente una respuesta. Sus ojos eran grandes y me miraban entre divertidos y curiosos.

-Sólo cuando hay más gente -respondí con efecto retardado a su pregunta de si estaba solo. No se me ocurrió nada mejor que contestar en ese momento.

Sonrió y me cogió del brazo ayudándome a incorporarme.

-Ven -dijo-. Tengo que hablar contigo y este no es el momento ni el lugar. ¿No te parece?

La seguí dócilmente. Al fin y al cabo, al lugar a donde fuese que nos dirigiésemos, no sería peor que el tugurio maloliente del que había salido. Además no me sentía con fuerzas y tampoco podía pensar con claridad. Tenía ganas de vomitar. Abandonamos el callejón y nos incorporamos a la calle principal que estaba desierta. Sentí algo húmedo en la cabeza y miré hacia arriba. "¡Vaya! Si está lloviendo" y me reí como un idiota mientras me quedaba quieto y dejaba que el agua mojase tanto mi pelo como mi cara. La lluvia estaba muy fría y eso contribuyó a despejarme un poco.

Miré a mi alrededor desorientado y la extraña mujer permanecía allí, mirándome sonriendo pero sin dejar de sostenerme cogiéndome del brazo. No esperaba que estuviese todavía. De hecho, me metió tal susto, que di un traspiés y caí en medio de un charco de la calle. De repente recordé al viejo harapiento y alcoholizado que vagaba por la calle en busca de vasos llenos de alcohol a medio terminar y que con manos temblorosas, tanteaba entre las botellas apiladas cerca de los contenedores de basura. Me senté resignado y comencé a farfullar incoherencias mofándome de mi propia torpeza.

-Dame la mano anda -dijo la enigmática mujer mientras me ofrecía su mano pacientemente.

Levanté la vista y comprobé, no sin cierto estupor, que aún estaba allí con esa enigmática sonrisa, mezcla entre tierna y comprensiva. Una sonrisa de esas por las que hasta un tipo como yo sería capaz de darlo todo. Le di la mano y me ayudó a incorporarme. Fue entonces cuando la vi realmente por primera vez. Si bien no era tan hermosa como me había parecido previamente, había algo en aquel rostro que la hacían la mujer más bella del mundo justo en ese instante y lugar. Supongo que era esa mirada entre resignada y triste que por momentos creía vislumbrar en sus ojos oscuros e insondables y que me comenzaba a gustar. Siempre tuve debilidad por los tristes y solitarios, aquellos que saben que lo único que pueden hacer es seguir luchando cada día y que nunca se rinden aunque las cartas que les hayan tocado nunca les sonrían. Siempre me pregunté quién sería el hijo de la gran puta que reparte las jodidas cartas. Como siempre digo, resistir es mi único consejo para casi todo, pero acaso, ¿no ocurre siempre así?.

Mientras la miraba, pude verme reflejado en sus pupilas dilatadas en la noche y la imagen que me devolvían, no era precisamente lo que se dice espléndida. Un tío de pelo largo a la altura de los hombros, pantalón vaquero en otros tiempos azul ahora blanquecino por el uso, chaqueta de cuero marrón oscuro casi tan desgastada como los pantalones y completando el lamentable conjunto, unas viejas deportivas hundidas en medio del charco de agua del que todavía no me había dignado a salir y por cierto, cuyo nivel no cesaba de aumentar gracias a la cantidad de agua que me chorreaba desde la cabeza hasta los pies. Comenzaba a sentir frío.

-Te acompaño a casa -dijo-. En este estado no creo que llegues al otro lado de la calle.

-No soy de aquí -le respondí con voz insegura por el alcohol-. Vivo en las afueras. Tengo el coche cerca. Gracias.

-No puedes conducir en estas condiciones. Acompáñame a mi casa. Allí podrás dormir. Estás hecho una pena -dijo mientras me miraba de arriba a abajo.

-Oye tía, ¿de qué va todo esto? -le respondí- No me conoces, no sabes nada de mí y me estás invitando a pasar la noche en tu casa. Esto no es muy normal. ¿No te parece?

-Yo no soy normal y tú tampoco -replicó no sin acierto-. ¿Qué es lo que te preocupa entonces?

"¡Joder! Necesitaba pensar con claridad. ¡Maldito cerebro el mío! Justo cuando más lo necesitaba más me fallaba. "Yo no soy normal" había dicho. Fue lo más agradable que había escuchado en toda la maldita noche.

-De acuerdo -le dije mientras encogía los hombros entre resignado y agotado.

Apenas recuerdo el trayecto que seguimos hasta su piso. Lo único que sé es que abandonamos la calle de los pubs decadentes atravesando diferentes calles todavía rebosantes de borrachos vomitando en las esquinas o haciendo sus necesidades a la luz de alguna farola. Continuamos internándonos por callejuelas cada vez más estrechas y silenciosas. Los edificios se veían borrosos y difuminados en medio de la niebla, aunque se distinguía bien el viejo suelo empedrado del casco antiguo de la ciudad al que supuse nos dirigíamos. Atravesamos un pequeño callejón formado por las paredes de una vieja iglesia románica y un antiguo edificio de piedra que le hacía frente. Estaba húmedo por la lluvia que no cesaba de caer y las gotas se escurrían entre el musgo colgante de sus paredes. Los pasos de la chica sonaban firmes entre los charcos de agua mientras que mis vacilantes traspiés de borracho intentaban no perder su sombra entre las viejas y silenciosas piedras que daban la impresión de mirarme entre hostiles y amenazantes por atreverme a romper su silencio.

Llegamos por fin a lo que supuse era su edificio. Abrió la puerta y después de atravesar un oscuro vestíbulo, subimos en un pequeño ascensor, de esos antiguos de rejilla y puerta manual de madera. Empezamos a ascender hasta un número de planta completamente indeterminado para mí, pues ya por entonces estaba prácticamente dormido y apoyado en la pared del fondo del ascensor que me transmitía una inquietante impresión y cierta similitud con la jaula de un zoológico diseñada para impedir que la presa pudiese escapar. Sonreí de nuevo irónicamente.

Lo siguiente que recuerdo es un viejo aunque cómodo sofá donde me derrumbé agotado y prácticamente dormido. Entre los vapores alcohólicos que todavía nublaban mi mente, flotaron varias preguntas: ¿Quién era esta tía? ¿Dónde coño estábamos? ¿Qué hacía yo aquí? Las dejé volar y rondarme un rato ante mis ojos al igual que unos molestos fantasmas, hasta que el cansancio se apoderó por completo de mí y ya todo dejó de importarme un carajo.

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