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Lo primero que vi sobre mi cabeza al despertar por la mañana fue la lámpara. Una de esas grandes y antiguas, de araña creo que les llaman. Lo segundo que sentí fue un estallido tremendo dentro de mi maltrecho cerebro, acompañado de constantes y dolorosos fogonazos que parecían sincronizarse cruelmente con los latidos de mi corazón. ¡Joder! No soportaba el dolor de cabeza de la resaca, ni la lengua pastosa y fétida, ni mucho menos las continuas nauseas que amenazaban con hacerme vomitar sobre la excéntrica alfombra india que tapizaba el suelo del salón.

Giré lentamente la cabeza y pude ver el resto de la habitación. No había cuadros de familia ni ningún otro objeto que hiciese de aquel lugar algo más personal. Nada. Tan solo un viejo mueble con cerámicas y tazas de porcelana china de todo a cien, apiñándose en las estanterías con aspecto de no haber sido usadas jamás. Era todo frío y distante. Aséptico. Como un quirófano de hospital o un maldito tanatorio, reflexioné lúgubremente.

Iba a levantarme pero desistí. La cabeza todavía me daba más vueltas que un tiovivo demente. Las persianas del salón seguían bajadas y aunque la luz del día se empeñaba en entrar en el mismo, no tenía la más remota idea de que hora era y en la casa no se oía un solo sonido. Sólo silencio. Al incorporarme torpemente me di cuenta de que estaba desnudo. No recordaba haberme desvestido así que supuse que la mujer debió haberlo hecho mientras dormía la mona. ¡Vaya espectáculo patético debí ofrecer! 

Busqué mi ropa pero no la encontré por ningún lado, ni en la alfombra, ni en la mesa del comedor y tampoco en ninguna de las sillas de época que escoltaban la mesa como una guardia pretoriana del pasado. Decidí tomarlo con calma, además, ¿qué otra puñetera cosa podía hacer? Así que me quedé donde estaba esperando con pasmosa tranquilidad y cierta resignación estoica. Me asombré a mí mismo porque no sentí extrañeza ni inquietud alguna y menos todavía preocupación. Era como si el que estaba recostado en el sofá, fuese una tercera persona completamente ajena a mí, pudiendo observarla con la distante objetividad, de quien sabe que no tiene nada en común con ella y cuya suerte no le importase lo más mínimo.

Una sensación más cálida y en cierta manera reconfortante comenzó a invadirme: la curiosidad. Ese pensamiento me hizo volver a la realidad y a mi mismo, haciéndome sentir extrañamente vivo, olvidando para siempre a mi otro yo más distante y observador. Sentí un agradable calor que me iba recorriendo el cuerpo que, a su paso, iba haciendo retroceder lentamente el malestar de la resaca.

"Vaya situación mas anormal" pensé. "Normal", esa palabra usada para definir de una manera tan parcial, acotada y estrecha la vida de las personas, que me hace sentir claustrofobia con que sólo alguien la pronuncie. Entonces, como un relámpago en mi maltrecho cerebro, recordé lo que ella había dicho la noche anterior: "Yo no soy normal" y sonreí para mis adentros al recordar su expresión. En esa imagen que mi defectuosa memoria trajo a mi mente, me pareció mucho mayor de lo que aparentaba, como si estuviese de vuelta de todo y ya nada pudiese sorprenderla. La tristeza que acompañó a su rostro al decirme aquello bajo la lluvia y a la tenue luz de la noche anterior, no hizo más que resaltar esa impresión.

Decidí levantarme y tomar un café para despejarme un poco. Al subir la persiana, la luz del día entró en la habitación con tal furia, que me dejó ciego y desnudo ante la ventana durante un par de minutos. Cuando conseguí recobrar la visión, decidí buscar la cocina para ver si conseguía localizar algo que tranquilizase a mi estómago y recuperar a mi cerebro de su actual estado de ofuscamiento e inactividad. Después del primer café negro me sentí mucho mejor y luego del segundo, ya había alcanzado un grado de normalidad suficiente para hacer frente a las sorpresas que el día me iba a deparar. Algo me decía que serían muchas y un tanto sorprendentes.

En el cuarto de baño encontré mi ropa seca en una cesta. Me duché y me vestí. Ya estaba preparado para lo que fuera. ¡Qué equivocado estaba! Todo empezó con la llamada de teléfono. No debí cogerlo, lo sé. Pero mi principal defecto es la curiosidad y desde que había llegado a esta casa se había multiplicado al máximo.

-¿Diga? -dije descolgando el auricular.

-Buenos días. ¿Te encuentras mejor? -dijo una voz femenina que reconocí inmediatamente.

-Sí. Gracias -respondí.

-No hay de qué -dijo-. Dentro de veinte minutos pasaré por casa. Como te dije ayer tengo que hablar contigo.

-¿Hablar? ¿De qué? -respondí intrigado.

-Todo a su debido tiempo -y colgó sin más.

Puesto que no tenía nada mejor que hacer, me senté a esperar a mi anfitriona cual gato al acecho, mientras cogía mi taza de café caliente y lo removía con la cuchara expectante. Sospechaba que necesitaría otro más antes de que llegase y como más tarde pude comprobar, no me equivocaba en lo más mínimo.

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