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Hacía una hora que había salido del piso dónde lo había dejado durmiendo la borrachera y ahora se encontraba sentada en el embarcadero, envuelta en un impermeable verde oscuro con el que se protegía de la lluvia. El cabello húmedo se le pegaba a la cara ocultándole parcialmente el rostro así como sus grandes ojos oscuros, pero no le importaba. Ya no necesitaba mirar nada. Conocía todos los barcos que se balanceaban plácidamente en la noche, encadenados momentáneamente a tierra firme pero deseosos de partir de nuevo y navegar sobre la soledad del mar, plenamente integrados con el medio y el único lugar donde nunca sentían añoranza por regresar a puerto.

Se apartó el cabello húmedo con sus dedos y miró hacia la oscuridad que se extendía más allá del último barco amarrado en el muelle. Después dirigió su vista hacia atrás. El puerto estaba desértico. Se levantó y echó a andar decidida hacia el final del dique donde comenzaba el mar.

-¿Este impermeable es tuyo? -preguntó al marinero que lo acompañaba caminando por el malecón en dirección a su barco de faena, mientras se agachaba y recogía la prenda.

-No. Venga joder. No te entretengas con chorradas y sube de una vez al barco que zarpamos en 15 minutos -le respondió mientras comenzaba a subir por la escalerilla sin mirar atrás.

Con el impermeable que le había llamado la atención todavía en la mano, subió a bordo y zarparon casi inmediatamente. Registró los bolsillos del atuendo y tan solo encontró una piedra amarillenta de cinco puntas muy desgastada por el mar. La sopesó en la palma de la mano y le recordó cierto parecido con una hoja de árbol extraña o una estrella de mar. No supo decidirse. Sin pensarlo dos veces, la arrojó por la borda mientras entraba en la cabina del capitán dando un portazo.

La mujer caminaba descalza por la playa, dejando que los primeros rayos de sol del amanecer le acariciasen la piel. Dirigió su vista al mar y se detuvo como si esperara algo. De repente, una ola se acercó con fuerza arañando la arena arrastrando algo consigo antes de deshacerse en espuma y morir a los pies de la mujer. Se agachó inmediatamente y descubrió algo en la arena mojada mientras lo tomaba con la mano. Era una pequeña hoja de piedra amarillenta de cinco puntas. Sonrió y la guardó en su bolsillo mientras dirigía su vista al mar de nuevo.

"Algún día podré volver", se dijo a si misma nostálgica y se alejó a grandes zancadas de la orilla tierra adentro una vez más, al tiempo que caminaba por la playa sumida todavía en sus propios pensamientos. Los humanos le parecían divertidos, como niños en una guardería, entre inocentes indefensos o peligrosos inconscientes. Cada vez regresar se le hacía más duro y costoso. "Demasiados años en este planeta. ¡Y he avanzado tan poco! ¡Me falta tiempo para todo lo que tengo que hacer!", se lamentaba para sus adentros. "No desesperes", susurró una voz en su interior que conocía bien, "No desesperes" repitió, "Persevera y ten fe. Confía en el proceso que está en marcha y recuerda que has sido tú y siempre ha sido tú, quién ha elegido, así que sonríe. Es tu destino hermosa mía."

Sonrió. Siempre sonreía cuando estos sentimientos traducidos en palabras cruzaban por su mente. Dirigió su vista al frente un par de kilómetros más allá de dónde se encontraba, justo donde la playa se unía con el embarcadero en una delgada línea. Se sintió mejor y caminó con su seguridad habitual que quienes no la conocían bien, solían confundir con arrogancia. Una vez en el muelle caminó resuelta de vuelta a la ciudad. El destino le había dado la oportunidad que necesitaba y tan sólo era cuestión de ver como la aprovechaba.

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